Por: Osneider Acuña
“En los acentos, en las formas de nombrar y en las diferencias lingüísticas también se construyen ideas sobre quienes somos y sobre quiénes son los otros.”
El manifiesto Language Futures fue presentado en la Universidad del Norte, en el marco de Cátedra Europa, durante un encuentro realizado en el salón Boris Rosanía. La presentación estuvo a cargo de Jesús David Guerra Lyons, director del Departamento de Español y doctor en Lingüística por la Universidad Politécnica de Hong Kong.
El orden social que durante años se ha sostenido sobre determinadas creencias y fundamentos atraviesa un momento de cuestionamiento, según Guerra Lyons. Entre los factores que explican ese cambio, el académico señaló el surgimiento de tecnologías disruptivas como la inteligencia artificial, junto con conceptos como el multiculturalismo y la globalización.
La charla también pasó por episodios históricos como los totalitarismos, para mostrar cómo el lenguaje puede dejar de ser solo una forma de comunicación y convertirse en una herramienta de exclusión. Aunque la lengua surge de manera espontánea, las formas en que se utiliza pueden establecer diferencias, señalar a unos y dejar a otros por fuera. Guerra Lyons condensó su planteamiento en una frase: «El lenguaje es la última frontera del prejuicio».
Terminada la charla, me acerqué a Guerra Lyons. La exposición había dejado planteadas varias preguntas; la entrevista sería la oportunidad de llevarlas un poco más lejos.

Osneider Acuña: Profesor, a partir de esa idea de que el lenguaje se vuelve una forma de exclusión, me interesaría saber si esos mecanismos discriminatorios son conscientes o si surgen como resultado de la evolución social.
Jesús David Guerra Lyons: Es una excelente pregunta, Osneider, y no tengo una respuesta definitiva. Como mencionaba, lo que tiene que ver con las actitudes lingüísticas constituye esa última frontera del prejuicio. Tú no puedes hoy discriminar a alguien por su color de piel o por su clase social sin que eso sea socialmente mal visto. Pero, de manera colectiva y sistemática, discriminamos a las personas por su acento o por la lengua que hablan.
Es posible que esto no sea algo consciente que hagan las personas, porque son discursos muy naturalizados. Está muy naturalizado en el imaginario que, por ejemplo, hay lenguas que suenan mejor y acentos menos bonitos que otros. Si una persona te dice «puetta» [pronunciación de ‘puerta’ en el acento costeño, en el que suele suprimirse o asimilarse la ‘r’], enseguida haces una serie de inferencias acerca de esa persona, sin reconocer necesariamente que se trata de una variante lingüística y que eso no quiere decir que sea menos educada, menos culta o menos competente.
OA: Entonces, ¿podría decirse que hemos caricaturizado determinadas formas de hablar y las hemos relacionado con determinados grupos para discriminarlos?
JGL: Exacto. Tiene que ver con la otredad y, dentro de ese manejo inadecuado de la otredad, está lo que mencionas. La caricaturización es una forma de control. Es decir, básicamente, hacer que ciertas personas «suenen» de una determinada manera, cuando muchas veces ni siquiera es una representación exacta de cómo hablan esas personas. Eso hace parte de la exotización, de construir al otro como un ser esencializado, determinado y que no tiene otras posibilidades de ser y estar en el mundo.
OA: El lenguaje también podría promover una forma de división. Por ejemplo, en Colombia no hay un acento colombiano como tal, sino acentos de determinadas regiones.
JGL: De hecho, hay unos antecedentes históricos bastante fuertes en lo que tiene que ver con la exclusión a través del lenguaje. Como bien sabes, Colombia se constituyó como República en el siglo XIX. Y parte de la manera en que esa República se constituyó fue que la élite criolla que heredó el país se autodeclaró como los dueños, básicamente los nuevos encomenderos, los nuevos reyes, por así decirlo.
Empezaron a crear la idea de que quienes habitaban en ciertas partes del país, sobre todo aquellas que se parecían más a Europa por su clima o por su paisaje, estaban llamados a ser quienes dominaran el país. Entre otros factores, empezó a esencializarse cómo sonaban los costeños, cómo sonaban los chocoanos, cómo sonaban las personas de tierras bajas, además de construir una serie de estereotipos sobre cómo se veían y cómo se comportaban.
Y lo más triste es que hoy esa herencia de nuestra vida republicana temprana sigue siendo un determinante muy fuerte de la vida de las personas. Cuando una persona con determinado acento va a una ciudad como Bogotá, todavía puede ser discriminada por cómo suena, por cómo se ve y por todos estos factores. Entonces, definitivamente, lo que mencionas sí: la exclusión a través del lenguaje es un fenómeno patente y observable.
OA: ¿Cambiar la forma en que nombramos una realidad también puede ser una forma de resistencia? Pienso, por ejemplo, en el uso del nombre Cundinamarca durante la Independencia.
JGL: El lenguaje es también un escenario de lucha. Escoger cómo llamarnos, cómo sonar y cómo denominar las realidades hace parte de esa lucha discursiva.
Por ejemplo, en lo que tiene que ver con la igualdad de género, algunas personas, hace algunos años, tomaron la bandera de los pronombres neutros y empezaron a hablar de «elle». Hoy son caricaturizadas, pero fue un intento de generar una forma de resistencia desde el lenguaje mismo.
Esa resistencia, obviamente, encuentra una contrarresistencia en quienes quieren hablar «normal», quieren hablar «bien» o quieren respetar las normas del lenguaje. Pero el lenguaje, como sistema, siempre está cambiando.
OA: En una parte de la conferencia mencionó que la humanidad es algo que se alcanza con la educación. Pero eso quiere decir que, si es un estado al que se llega, ¿se deja de buscar o es un proceso perpetuo?
JGL: ¿Tú podrías renunciar al proceso de humanizarte? Puedes hacerlo creyendo e internalizando discursos de deshumanización.
Por ejemplo, mucho del discurso sobre la inteligencia artificial hoy es un discurso de deshumanización. Es la idea de que el progreso es inevitable y que, si algunos tienen que perder, si algunos no sobreviven o no se adaptan, entonces «¿qué problema con ellos?». Desde esa lógica, la respuesta sería: «Yo voy a tratar de meterme en esa onda y ser de los que sobreviven». Ese es un discurso deshumanizante.
También existen discursos deshumanizantes relacionados con el rechazo o la indiferencia hacia lo puramente humano, como las artes y la literatura. Son cosas que nos enriquecen, que nos hacen humanos y que tienen un verdadero valor.
Entonces, esos también son discursos deshumanizantes. Tú puedes renunciar a ese proceso y volverte cada vez menos humano, más arbitrario, más deshumanizado.