Por: Laura Moncayo

Hay historias que no empiezan donde nacemos, sino mucho antes, en una tierra que quizás nunca hemos pisado y con un lenguaje que casi no entendemos. La mía comienza al otro lado del mar, en la ciudad del jazmín, más conocida como Damasco, capital de Siria.

Mi familia llegó a Colombia por mi tatarabuelo, Luis Sarruf, un comerciante que se instaló con sus parientes en Cereté, Córdoba. De aquella tierra lejana dejaron atrás casi todo pero trajeron consigo recuerdos y esperanza. También quedaron atrás sus nombres reales, sustituidos por otros que resultaban más fáciles de pronunciar, su idioma y su pasado.

Con el tiempo, aquello que parecía haberse quedado al otro lado del mundo se convirtió en pequeños tesoros: las costumbres, una palabra en árabe, una receta heredada, una historia contada tantas veces que, de alguna manera permaneció tanto tiempo que se convirtió en una leyenda. Hoy, buena parte de esa memoria sigue viva en mi abuela, en su casa y en la manera en que ha mantenido unida a nuestra familia.

Cuando el caribe colombiano apareció en la historia de mi familia, lo hizo entre el calor, las voces altas, las puertas abiertas y un regocijo de cariño que los hizo sentirse pertenecientes. En una tierra donde tantas historias vienen de otro lugares, el extranjero que llega jamás será forastero.

Cédula de mi tatarabuelo, Luis Sarruf

Cada familia es diferente y construye su propia memoria a partir de recuerdos y archivos. A veces se conserva en una palabra, en una fotografía, en una historia o en nombres que se repiten de generación en generación. Algunas veces, esa memoria encuentra refugio en la escritura. En mi familia, uno de esos vínculos con el pasado lleva el nombre de Jorge García Usta, primo de mi abuela Cristina Gracia Sarruf.

Árabes en Macondo es un libro de ensayos y poemas de Jorge García Usta. Un libro que nunca publicó, fue su obra post mortem que quedó como parte de su legado.

Hay algo casi poético y trágico en lo que les sucede a los escritores cuyas obras ven la luz después de su muerte. Cuando ya no están, sus palabras permanecen, Ya no tienen voz ni rostro, pero tienen alma, porque cuando el cuerpo muere, es el alma lo que permanece para la eternidad.

Jorge era un revolucionario. Se levantaba temprano y se iba a la esquina a debatir, al estilo de un político que siempre encontraba algo que cuestionar y alguna idea que defender. Le gustaba revolucionar el pueblo, mover las conversaciones y despertar a quienes se detenían a escucharlo. Parecía llevar esa inquietud consigo, como si quedarse callado ante lo que ocurría a su alrededor nunca hubiera sido una opción.

Jorge García Usta

Y es que, en mi familia, la herencia árabe no se encuentra únicamente en las historias de quienes llegaron a Colombia o en las palabras de quienes dejaron su huella. También está en los pequeños rituales que se repiten en casa, en las costumbres que sobreviven al paso del tiempo y, sobre todo, en la comida.

¿Alguna vez has comido quibbe con suero? Ve de visita a la casa de mi abuela y te lo brindan. Crecer en una familia árabe es encontrar, alrededor de la mesa, dos tierras distintas que han aprendido a convivir. La comida ocupa un lugar fundamental: la mesa siempre está llena y sus sabores cuentan una historia de encuentros entre culturas. El trigo, las almendras, el ajo y las especias comparten espacio con los ingredientes del Caribe. El quibbe, el warak enab, el tahine, el ghraybeh, el labneh, el arroz de almendras y un sinfín de preparaciones más son infaltables en nuestras reuniones familiares. Esta mezcla celebra las diferencias entre ambas culturas. En esa misma mesa también hay butifarra, suero, queso costeño y bollo de yuca, sabores diferentes que se conectan perfectamente.

Crecer entre estos aromas es acostumbrarse a que las recetas pasen de generación en generación, como pequeños tesoros familiares. Desde mi bisabuela Carlota Sarruf hasta mí, que hoy soy la encargada de preparar los quibbes siguiendo su receta, la cocina se ha convertido en una forma de mantener viva nuestra historia. Las reuniones en casa de mi abuela son una vuelta al origen: un espacio donde los recuerdos se sirven en platos y las tradiciones sobreviven al paso del tiempo. Uno aprende que la herencia llega en una receta escrita a mano, en un sabor que reconocemos desde la infancia o en un plato que reúne a toda la familia. Y así, sin haber pisado aquella tierra, descubrimos que una parte de ella también nos pertenece.

Pero la herencia no solo se reconoce en lo que comemos o en las historias que escuchamos. También está presente en nuestros cuerpos, en los rasgos que se repiten de una generación a otra y que nos recuerdan que, aunque el tiempo y la distancia nos separen de nuestros antepasados, algo de ellos permanece en nosotros.

Mi abuela y su hermana

En cuanto a nuestra apariencia, hay rasgos que nos recuerdan de dónde venimos: narices grandes y aguileñas, orejas prominentes, ojos almendrados, oscuros y enmarcados por ojeras, piel de tonos oliva, abundante cabello y vello corporal. No somos una familia particularmente alta y, entre las mujeres, las caderas anchas también forman parte de esos rasgos que reconocemos. A veces solo con mirar una fotografía antigua basta para encontrar en los rostros de nuestros antepasados facciones que siguen presentes en nosotros. Es curioso cómo el tiempo transforma tantas cosas y, aun así, conserva ciertos detalles en nuestros cuerpos, como pequeñas huellas de una historia. Al mirarnos, también podemos reconocer ese pasado que cruzó el océano y que continúa viviendo en nosotros.

Sin embargo, crecer con estos rasgos también significa enfrentarse a los comentarios de quienes consideran que una nariz grande debería corregirse. Más de una vez he escuchado que me vería mejor si me operara la nariz, como si su tamaño fuera un defecto en nuestro rostro. Existe una idea muy arraigada de que las narices pequeñas y respingadas son más delicadas, finas o bonitas, mientras que las grandes y aguileñas nos dan una apariencia masculina. Me resulta difícil no cuestionar esa concepción de la belleza, porque detrás de ella también hay una mirada eurocéntrica que ha privilegiado históricamente ciertos rasgos físicos sobre otros. No se trata de juzgar a las mujeres que deciden hacerse una rinoplastia, sino de preguntarnos por qué tantas veces aprendemos a percibir nuestros rasgos heredados como algo que debemos cambiar para vernos mejor.

Hay algo profundamente contradictorio en sentir orgullo por nuestras raíces y, al mismo tiempo, crecer escuchando que una de las características más visibles de nuestra herencia debería desaparecer. Nuestra nariz también cuenta una historia: habla de los rostros de nuestras abuelas, de nuestros antepasados y de una tierra que permanece en nosotros a pesar de la distancia. No tendría por qué parecernos menos bella por no ajustarse a un ideal determinado. Reconciliarnos con nuestra identidad también implica dejar de pedirle a nuestro cuerpo que se parezca a una historia que no es la nuestra.

Mi abuela de joven

Es extraño crecer con dos culturas tan arraigadas a ti y sentir que, al final, no perteneces del todo a ninguna, porque eres una mezcla de ambas. Es heredar una tierra que nunca has pisado y aprender a reconocerla en los relatos de tu familia, en sus costumbres, en sus palabras y en los sabores que llegan a la mesa. Mientras creces en el lugar que vives, con la cultura y la crianza. Y es difícil reconciliar esos dos mundos: querer entender de dónde vienes sin dejar de reconocer el lugar donde has crecido.

Sin embargo, también hay algo profundamente valioso en esa herencia. Tu familia fue capaz de llegar a una tierra desconocida, habitar un lugar con otro idioma, otras costumbres y otra manera de entender la vida, y encontrar allí un nuevo hogar. Sus raíces no desaparecieron con la distancia; aprendieron a crecer en otra tierra. Quizás de eso se trata pertenecer a una familia inmigrante: comprender que no tienes que elegir entre tus dos orígenes, que puedes sentir orgullo por ambos y que ser una mezcla no significa estar incompleto. Significa llevar contigo la historia de quienes se atrevieron a empezar de nuevo.

Y si algo he aprendido al mirar la historia de mi familia es que las raíces no solo sobreviven a través de los recuerdos, los apellidos o las tradiciones. También permanecen en las personas que se encargan de mantenerlas vivas, en quienes reúnen a la familia, transmiten las costumbres y encuentran la manera de hacer que las nuevas generaciones sigan sintiéndose parte de una historia que comenzó mucho antes de ellas. En mi familia, esa persona es mi abuela.

En una sociedad profundamente patriarcal, como lo es la árabe, ser la matriarca de una familia puede convertirse en un acto de rebeldía. En una cultura donde históricamente se le ha otorgado al hombre el lugar de autoridad y a la mujer el papel de cuidadora, asumir el liderazgo del hogar, tener independencia económica y tomar decisiones propias es una manera de desafiar los roles establecidos. Esta es mi abuela, una mujer que ha construido su propia autonomía sin renunciar a sus raíces, y que ha encontrado en su hogar un espacio donde su voz no solo se escucha, sino que también se respeta.

Mi abuela de bebé

Mi abuela es una mujer independiente, tiene su propio trabajo y una vida que ha construido sin dejar de lado a su familia. Aunque sus seres queridos ocupan un lugar fundamental en su mundo, también ha sabido cultivar sus propios intereses, opiniones y proyectos. En la casa, su palabra tiene un peso especial. Las decisiones importantes pasan por ella, su opinión es escuchada y su criterio es valorado por todos. Es una mujer que se ha ganado el respeto de su familia a través de su carácter, su experiencia y la manera en que ha sabido acompañar y sostener a quienes la rodean.

Una de las cosas que más admiro de ella es la manera en que ha logrado construir una vida propia sin perder el vínculo con sus raíces. Su historia está profundamente conectada con su familia, sus costumbres y las tradiciones que han pasado de una generación a otra. En lugar de entender su identidad como una elección entre su independencia y su herencia cultural, en ella encuentro ambas cosas. Ha sabido conservar aquello que la une a sus antepasados y, al mismo tiempo, desarrollar una personalidad propia, con sus convicciones, sus decisiones y su manera particular de entender la vida.

Su carácter se manifiesta especialmente en las pequeñas cosas de todos los días. En la seguridad con la que expresa sus opiniones, en la forma en que organiza su hogar, en su compromiso con el trabajo y en la atención que presta a las personas que quiere. Son aspectos cotidianos que, con el tiempo, revelan mucho sobre quién es. Mi abuela no necesita grandes discursos para demostrar su fortaleza; basta con observar la manera en que asume sus responsabilidades, resuelve las dificultades y encuentra la forma de salir adelante.

Su historia también me invita a mirar más allá de los estereotipos que existen sobre las mujeres árabes. Muchas veces, desde una perspectiva externa, se habla de ellas como si compartieran una única experiencia o como si su relación con la familia y las tradiciones pudiera explicarse de una sola manera. Sin embargo, cada mujer tiene una historia distinta, formada por sus circunstancias, sus decisiones y las personas que han hecho parte de su vida. Mi abuela me ha permitido conocer una de esas historias desde la cercanía, no a través de lo que otros dicen sobre las mujeres árabes, sino desde la experiencia de compartir con ella, escucharla y conocer la mujer que es.

Observarla también me ha permitido comprender que el poder no siempre se encuentra en los espacios públicos ni necesita ocupar cargos políticos para existir. El poder se manifiesta también dentro de una casa, en la capacidad de decidir, de administrar los recursos, de orientar a una familia y de establecer las reglas bajo las cuales se convive. El hogar, que tantas veces ha sido considerado un espacio exclusivamente femenino y, por eso mismo, menospreciado, también puede convertirse en un lugar desde el cual una mujer ejerce su autonomía y transforma las relaciones de poder que la rodean.

Mi abuela es la matriarca de nuestra familia, y esa palabra adquiere un significado particular cuando pienso en ella. No se trata únicamente de ser la mujer mayor, de reunir a todos alrededor de una mesa o de conservar las costumbres familiares. Se trata de ser una figura de autoridad, de representar un punto de encuentro y de tener la capacidad de tomar decisiones que afectan a quienes la rodean. Su liderazgo no depende de ocupar el lugar de un hombre ni de reproducir las mismas formas de autoridad que tradicionalmente se le han atribuido. Es suyo, construido desde su propia experiencia, su independencia y el respeto que ha cultivado a lo largo de los años.

Quizás esa sea una de las enseñanzas más importantes que me ha dejado su historia: una mujer no necesita renunciar a sus raíces para construir su propio camino. Puede conservar su apellido, sus costumbres, su lengua, sus recuerdos y los vínculos que la unen a sus antepasados, y aun así cuestionar los papeles que la sociedad espera que desempeñe. La tradición no tiene por qué ser una jaula; también puede ser un punto de partida desde el cual cada generación encuentra nuevas formas de vivir y de comprenderse.

Ser la matriarca de mi familia es, en ella, mucho más que ocupar un lugar de poder: es la prueba de que una mujer puede honrar su herencia sin renunciar a sí misma. Y quizá esa sea su forma más profunda de rebeldía: no haber tenido que dejar de ser quien es para demostrar que también puede ser quien decide.

Porque detrás de cada familia hay una mujer que sostiene los recuerdos y las raíces, para mantener viva la historia; una mujer que, sin que nadie lo note, es el corazón de todo.

Mi familia, 2008

Editora El Punto Género

lmoncayo@uninorte.edu.co

Escribe un comentario

El periodo de verificación de reCAPTCHA ha caducado. Por favor, recarga la página.