Por: Maine Mallarino Cotera

«Al micrófono no hay que tenerle miedo»: así comienza Emilio Ventura su primera intervención. A lo largo del conversatorio descubrimos que empezó a hacer radio un día después de graduarse del bachillerato y que, sin importar los rumbos que tomó su vida, nunca perdió de vista el micrófono.

Sus 82 años de vida y experiencia se encuentran en el escenario del Salón Marvel Moreno de la Universidad del Norte con los 20 años de Nathalia Mera, estudiante y creadora de contenido que ya se desempeña como community manager del grupo gastronómico Umami. Durante la siguiente hora, ambos compartirán sus historias, hablarán de los caminos que los llevaron hasta donde están y reflexionarán sobre sus planes para el futuro.

Entre el micrófono y el algoritmo: una conversación entre dos épocas fue el primer evento de la tarde del martes 28 de octubre, en el marco de la Semana de la Comunicación. Andrea Sumoza y Lusiana Vanegas, estudiantes de primer semestre de Comunicación Social y Periodismo, propiciaron este encuentro y formularon las preguntas que hicieron posible el viaje en el tiempo.

Antes de conocer la extensa trayectoria del periodista Ventura, que incluye una carrera como abogado, su paso por el servicio diplomático en varios países e incluso un periodo como gobernador del Atlántico, aprendemos de él que prefiere hablar de pie. Durante sus intervenciones, recorre el escenario con la mirada, se dirige de frente al público y acompaña sus palabras con gestos de las manos. Más tarde nos enteraremos de que una de sus nietas se encuentra entre el público: estudia primer semestre de Comunicación Social y Periodismo y aspira a continuar su legado en Emisoras ABC.  

Mera, por su parte, abre con una historia mucho más íntima. En una de sus primeras intervenciones recuerda cómo comenzó su camino en las redes sociales. Estaba en la sala de su casa con una de sus primas y se preguntaba si debía empezar a grabar o no. «¿Qué tienes que perder?», le respondió ella. Desde ese momento, Nathalia comenzó a trazar el camino que la ha llevado hasta donde está hoy.

Bajo las luces del escenario y frente al auditorio, casi sin advertirlo, Ventura y Mera empiezan a contar historias de vida que, pese a sus diferencias, se reflejan entre sí. Una palabra aparece una y otra vez en sus testimonios. O, más bien, una promesa: ser auténticos.

Ambos iniciaron sus trayectorias académicas y profesionales por caminos distintos a la comunicación. Mera estudió durante un año Lenguas Modernas y Cultura, con la esperanza de dedicarse a la literatura. Ventura, por su parte, recuerda sus intentos fallidos de ingresar a la facultad de Arquitectura. Sin embargo, los dos encontraron en la comunicación una pasión: ella, a través de la cámara y los videos; él, frente al micrófono de la radio.

Muchas cosas los separan. Ventura cuenta a un auditorio compuesto en su mayoría por jóvenes cómo vivió la llegada de la máquina de fax, que terminó reemplazando al teletipo. Aun así, sus discursos coinciden en un punto fundamental: la importancia de la ética profesional. Mera lo resume en una frase que permanece en la mente de los asistentes: «Un buen comunicador no debe mentir».

Ventura se formó en una época en la que las noticias se escribían a máquina. Lo recuerda con orgullo: «Soy lo que soy porque la radio está dentro de mí, porque huelo a tinta de periódico». También menciona los requisitos que, en su época, se exigían para trabajar en radio: tener buena voz y contar con una licencia de locutor.

Es entonces cuando parece surgir la primera gran diferencia entre ambas generaciones.

Ante una pregunta de las moderadoras, Nathalia Mera responde que «hoy en día cualquiera puede ser comunicador». Para Ventura, que considera la preparación uno de los pilares de la profesión, esta afirmación plantea un problema. «El que no se prepara es un fracasado», sostiene. Sin embargo, sus siguientes palabras permiten comprender mejor de dónde nace esa convicción.

Ventura reconstruye ante nosotros una jornada habitual en la emisora: empieza a trabajar desde temprano, como cualquier otro día, hasta que aparece la madre de una niña de 13 años. La mujer llora porque su hija está muriendo. Linda necesita urgentemente un trasplante de médula ósea, pero la EPS se niega a realizar el procedimiento.

«¿Qué harían ustedes?», pregunta Ventura al auditorio.

A continuación, cuenta cómo se comunicó con las personas necesarias para conseguir que se realizara el trasplante. También logró que le regalaran un computador a la niña. Sin embargo, Linda falleció. Ventura recuerda cómo lloró al conocer el desenlace.

En sus intervenciones, Ventura y Mera coinciden en una idea: el periodismo no consiste simplemente en ayudar, sino en prestar un servicio.

Esta reflexión se conecta con una experiencia difícil que Mera comparte con el auditorio. Durante una época de baja motivación, llegó un momento en que pensó en abandonar el oficio. Lo que la hizo cambiar de opinión fue el encuentro con una desconocida que se le acercó para decirle: «No dejes de hacer lo que haces. Amo tus videos».

Nathalia Mera apenas comienza un camino que Ventura recorrió hace décadas. Lo hace en un mundo marcado por las nuevas tecnologías, la inteligencia artificial y las redes sociales, aparentemente lejano al de los micrófonos y las máquinas de escribir. Sin embargo, ambos encuentran en la comunicación una manera de conectar con las personas y transformar sus realidades.

A los estudiantes, a quienes llama «periodistas del futuro», Ventura les deja un último mensaje: «No dejen que la profesión se deshumanice. Sigan siendo lo que fuimos y superiores».

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