Por: Laura Moncayo
Imagina que estás en una reunión y explicas una estrategia que llevas semanas trabajando. Has investigado, tienes claros los datos y sabes exactamente lo que estás diciendo. Sin terminar de hablar, un hombre interviene para “explicarlo mejor”, repite tu misma idea con otras palabras y todos asienten como si fuera la primera vez que la escuchan. Bueno, las mujeres no nos tenemos que imaginar nada. Eso es nuestro pan de cada día.
A ese gesto cotidiano —tan normalizado que a veces pasa desapercibido— se le conoce como mansplaining. Es cuando un hombre le explica algo a una mujer de forma condescendiente, partiendo de la idea de que sabe más que ella, incluso cuando no es así o cuando ella tiene más experiencia en el tema.
No se trata solo de una incomodidad aislada, sino de una dinámica que refleja relaciones de poder. Porque el mansplaining no llega solo: suele venir acompañado de interrupciones, de apropiación del espacio y de una constante invalidación de la voz femenina.
Un estudio de la Universidad de George Washington, titulado ¨Influence of Communication Partner’s Gender on Speaker’s Language¨ (Rubin, 2013), evidenció que los hombres interrumpen a las mujeres un 33% más que a otros hombres. Forbes retoma estos datos y señala que, en una conversación de apenas tres minutos, los hombres interrumpen a las mujeres en promedio 2.1 veces, mientras que entre hombres esa cifra disminuye a un 1.8.
Lo preocupante no es solo la frecuencia, sino lo que implica: quién tiene derecho a la palabra y quién debe cederla. Interrumpir no es un acto neutro; es, muchas veces, una forma de ejercer control sobre la conversación. Y cuando esto ocurre de manera sistemática hacia las mujeres, deja de ser una casualidad para convertirse en un patrón.
Este tipo de situaciones también tiene efectos acumulativos. No es solo ese momento incómodo: es la suma de pequeñas interrupciones, correcciones innecesarias y explicaciones condescendientes lo que termina minando la confianza. Muchas mujeres empiezan a dudar de si están diciendo algo mal, si deben hablar menos o si deben justificar cada intervención que hacen.
Además, el mansplaining no siempre es evidente. A veces se disfraza de ayuda, de buena intención o de “querer colaborar”. Pero la diferencia está en el contexto: ¿te pidieron la explicación? ¿la persona ya demostró que sabe? Cuando esas respuestas son ignoradas, lo que parece ayuda se convierte en una forma de deslegitimar.
También hay una dimensión social más amplia. Este comportamiento se aprende y se replica porque históricamente a los hombres se les ha dado más espacio para hablar, opinar y corregir, mientras que a las mujeres se les ha enseñado a escuchar, a ceder y a no interrumpir, lo explica el mítico ¨calladita te ves más bonita¨. Así, la conversación se convierte en otro escenario donde se reproducen desigualdades.
El mansplaining no aparece solo. Hace parte de un conjunto de prácticas que, aunque a veces parecen pequeñas o inofensivas, terminan configurando un patrón mucho más amplio. Una de ellas es el manterrupting, que ocurre cuando un hombre interrumpe constantemente a una mujer, cortando sus ideas antes de que pueda terminarlas. No es solo una cuestión de modales: es una forma de marcar quién domina la conversación y quién debe adaptarse al ritmo.
A esto se suma elbropriating, un fenómeno igual de sútil. Sucede cuando una mujer plantea una idea y pasa desapercibida, pero minutos después un hombre dice exactamente lo mismo o algo muy similar y recibe atención, aprobación o incluso crédito. La idea no cambió; lo que cambió fue quién la dijo.
Estos comportamientos funcionan como piezas de una misma lógica. No se trata de hechos aislados ni de “malentendidos” puntuales, sino de dinámicas que se repiten en distintos espacios: desde conversaciones cotidianas hasta escenarios profesionales.
Nombrar estos fenómenos también es una forma de hacerlos visibles. Porque lo que no se nombra suele pasar desapercibido, y lo que pasa desapercibido tiende a normalizarse. Ponerles nombre permite identificar patrones que durante mucho tiempo se sintieron como experiencias individuales, cuando en realidad responden a una estructura mucho más amplia.
Y ahí está el punto: no seguir normalizándolo. Porque no es “ayuda”, no es “corrección”, no es “así son las cosas”. Es una forma de minimizar, de interrumpir y de desplazar. Por eso, no lo dejen pasar como algo pequeño. Nombrarlo, incomodarse y marcar límites también es una forma de recuperar la voz y reivindicarla. Porque saber no debería tener que explicarse dos veces, ni demostrarse el doble, ni defenderse todo el tiempo. Y mucho menos, pedir permiso para ser escuchadas.