De las cámaras y los sets de grabación a las sinagogas de Jerusalén, la vida de Maritza Rodríguez tomó un rumbo inesperado. Hoy, como Sara Mintz, habla de una transformación marcada por el judaísmo, la familia y una nueva manera de entender el éxito y la plenitud.
Por: Liz Verbel y Valerie Vittorino
Desde sus 15 años, Maritza Rodríguez empezó con su carrera actoral y durante muchos años fue una de las actrices más reconocidas de la televisión colombiana. Protagonizó telenovelas, interpretó villanas y llevó sus personajes a distintos países de Latinoamérica. Su rostro se volvió familiar para millones de espectadores. Sin embargo, hoy su historia ya no gira únicamente alrededor de la actuación.
A los 42 años adoptó el nombre de Sara Mintz, una nueva identidad que acompañó su decisión de convertirse. Hoy, vive en Jerusalén, donde está dedicada a su familia y al estudio y la práctica del judaísmo, una tradición que, según cuenta, le permitió acercarse a una parte de sí misma que siempre había estado ahí.
La frase “la gente cree que soy una pobre infeliz” aparece casi al final de una conversación que comenzó hablando de Maritza Rodríguez y terminó hablando de Sara. Entre una y otra hay años de televisión, aplausos, personajes, viajes, maternidad, una búsqueda espiritual y una decisión que transformó su manera de entender la vida. Pero para Sara no se trata de dos mujeres distintas. Tampoco de una actriz que abandonó una identidad para construir otra. “No pasé por el proceso de quitarme, yo creo que pasé por el proceso de volver a reconectarme con mi verdadera esencia”, explica Sara.
La conversación ocurre a través de una pantalla. Del otro lado está Sara, desde Israel. Frente a la cámara, la mujer que durante años fue reconocida por su trabajo en la televisión colombiana y latinoamericana habla ahora de una vida que, según ella misma, ya no está determinada por el aplauso. Cuando la conversación llega al judaísmo, su discurso adquiere otra energía. Habla de Dios, de la Torá, de las mitzvot y del Shabbat con la familiaridad de quien no está describiendo una etapa pasajera, sino una forma de vivir que terminó convirtiéndose en el centro de su existencia y la transformación.

Foto: cortesía de Sara Mintz.
“Sara no vino a anular a Maritza”
La primera pregunta busca saber quién es hoy la mujer que muchos todavía recuerdan por personajes como los de Rafael Orozco, el ídolo o Silvana sin lana. La respuesta no tarda en alejarse de la televisión. Sara se describe como “una mujer muy centrada”, creyente, segura, en crecimiento y transformación, pero sobre todo como una persona que intenta “darle vida a la vida cada día” y encontrar a Dios en lo que le ocurre. Habla de quietud interior, de paciencia y de plenitud.
La pregunta siguiente parece inevitable: ¿cómo desprenderse de una identidad pública construida durante tantos años?
Sara corrige la premisa porque para ella no se desprendió. Para explicarlo utiliza una imagen cotidiana: habla de una olla con algo quemado que necesita ser restregado hasta despegarlo. Eso, dice, sería desprenderse. Pero ella no sintió que tuviera algo que arrancarse. “Lo que se tenía que ir se fue y lo que se tenía que quedar se quedó (…) así como llegó, así se fue”, dice.
– Entonces, ¿Sara reemplazó a Maritza?
“No”, responde. Su esposo suele definirla como “la mejor versión de ella misma”, y ella encuentra otra metáfora para explicar el proceso: un diamante cubierto de polvo, barro y tierra puede parecer cualquier cosa hasta que se limpia y revela lo que siempre estuvo debajo, porque para ella “la esencia de cada quien siempre está ahí” y las etapas de la vida cambian las prioridades y algunas cosas ocupan el centro durante un tiempo para después desplazarse.
“Sara no vino a anular a Maritza ni a reemplazarla (…) Sara ya estaba dentro de Maritza”, dice. Solo que esa parte de su identidad todavía no había sido revelada. Es una distinción importante. No está hablando de borrar una vida, sino de comprenderla desde otro lugar.
La transformación tampoco ocurrió de un día para otro. Cuando le pregunto en qué momento comenzó a sentir que quería algo diferente, Sara habla de voluntad y valentía, pero después abandona esas palabras y utiliza una imagen más íntima “mi alma estaba tan sedienta”, afirma. La búsqueda, asegura, venía desde la infancia. No tenía todavía un nombre para ella, pero estaba ahí. Mientras su vida profesional avanzaba desde Barranquilla hacia Bogotá y posteriormente hacia una carrera artística internacional, había otra construcción ocurriendo en paralelo: la de la persona que estaba intentando comprender qué quería hacer con su existencia.
“Yo siempre escuché lo que interiormente me estaba hablando”, afirma Sara. Y ahí aparece una de las diferencias que ella considera fundamentales entre la imagen pública y la vida privada: el público ve al artista, pero no necesariamente conoce los procesos. “Nadie sabe lo que está pasando por dentro, los procesos internos de las personas, porque solamente vemos los triunfos del artista”, afirma.

Foto: Archivo propio.
La carrera, entonces, no fue un error ni un camino equivocado. Fue parte del camino y aquí es donde Sara recuerda haber alcanzado objetivos que alguna vez parecían importantes: ser una actriz internacional, vestir de determinada manera, presentar eventos, obtener reconocimientos. Pero llegó un momento en que una pregunta comenzó a hacerse más fuerte: si todo aquello era tangible, ¿qué había detrás?
En su momento recuerda haber pensado “pero bueno, no puede ser que la vida sea solamente esto” y la respuesta la llevó hacia una búsqueda espiritual que, con el tiempo, descubriría que estaba relacionada con el judaísmo. Incluso describe esa etapa como un momento en el que estaba estudiando judaísmo “puro” sin saber todavía que eso era lo que estaba haciendo.
Sara insiste en una idea que también contradice una percepción frecuente sobre su conversión; ella no fue detrás de una religión sino que “el judaísmo me mostró la vida verdadera que yo tenía que llevar”, afirma. Cuenta que fue descubriendo el judaísmo por sí misma y que, en determinado momento, sintió que algo dentro de ella lo reconocía. “Mi alma se volvió loca”, dice. Para Sara, fue como encontrar una fuente que llevaba tiempo buscando y con la que, una vez conectada, ya no quiso dejar de beber.
El cambio no estuvo solamente en sus hábitos. También transformó la forma en que comenzó a mirar su vida. En el judaísmo, explica, encontró la Torá y los 613 preceptos. Las mitzvot, aclara, no las entiende únicamente como obligaciones que deben cumplirse, sino como una forma de vivir y de acercarse a lo divino. Por eso, cambios que desde afuera pueden parecer pequeños como la ropa, la comida, las reuniones o la manera de relacionarse con otras personas para ella hacen parte de algo mucho más profundo. “Son dos mundos”, dice.
Una nueva forma de plenitud
Después de hablar de su transformación y de la vida que construyó como Sara, surge una pregunta: después de haber sido Maritza Rodríguez y de construir una vida como Sara, ¿qué siente que ha estado buscando todos estos años?
La respuesta comienza con una mujer: la mujer en la que se ha convertido. Sara recuerda a su madre como una referencia de independencia, fortaleza y hogar. Dice que quizá por eso es feliz ahora ya que encontró en esa vida algo que verdaderamente quería construir.
Entonces aparece la frase que resume, de alguna manera, el prejuicio que todavía percibe desde afuera. “La gente cree que soy una pobre infeliz porque no tengo una carrera exitosa”. La frase podría sonar como una defensa. Pero Sara no parece necesitar defenderse.
Continúa hablando de su vida como ama de casa, como madre, como esposa y como mujer. Dice que nunca ha permitido que un rol le robe el otro: ser esposa no le quita ser mujer; ser madre no le quita ser esposa. “Cada pollito en su cajita”, dice, como una forma de explicar que cada dimensión de su vida tiene su propio espacio.
Habla de plenitud. De construir, alimentar y cuidar aquello que considera que Dios le dio las herramientas para realizar. Y entonces la mujer que durante años fue conocida por su rostro en televisión deja de hablar de lo que perdió. Habla de lo que encontró. “Yo creo que yo encontré una plenitud”.
Ser madre también fue una pregunta
Había llegado a una etapa adulta con una carrera construida y una vida aparentemente resuelta, pero con una duda profunda: ¿quería ser mamá o no? En principio, para ella, esa no era una prioridad. Su visión sobre la maternidad cambió cuando conoció el judaísmo.
No quería simplemente ser madre porque la sociedad lo esperara de ella. Quería encontrar un sentido espiritual en la posibilidad de traer una nueva vida al mundo. “Yo quiero eso”, recuerda haber pensado cuando comprendió que quería experimentar ese amor incondicional y vivir la maternidad como parte de un propósito.
En la Torá, dice, encontró enseñanzas que también la ayudaron a entender los roles que quería asumir. “Te enseñan a ser mamá, te enseñan a ser esposa, te enseñan (…) a ser mejor ser humano”, afirma. Sus hijos tienen hoy 12 años, y Sara habla de observar en ellos los resultados de aquello que comenzó a construir desde que eran pequeños. Lo que antes estudiaba en teoría ahora podía verlo en la práctica. La maternidad dejó de ser una idea para convertirse en una de las formas en las que, según ella, su nueva vida adquirió sentido.
Esa transformación también modificó su relación con la exposición pública. Sara cuenta que antes compartía más aspectos de su vida cotidiana en redes sociales, pero que hoy intenta mostrar menos. Ya no publica constantemente dónde está, qué come o qué hace. Prefiere utilizar esos espacios para compartir contenidos relacionados con su trabajo y reflexiones que puedan servirle a otras personas. “Cada vez tengo menos conexión con ese tipo de espacios”, explica.
Su experiencia personal comenzó a convertirse, además, en una forma de acompañar a otros. Habla de kiruv, un término utilizado en contextos judíos para referirse al acercamiento de personas al judaísmo, y cuenta que empezó a combinar sus conocimientos de coaching con lo que estudiaba de la Torá. La respuesta de quienes la escuchaban le mostró que ese podía ser otro camino. Personas que le decían que gracias a ella habían comenzado a hacer el pan de Shabbat, a cubrirse el cabello, a cocinar más en casa o a mirar de otra manera la maternidad. Incluso alguien llegó a decirle que, gracias a ella, había decidido no suicidarse. “Todo ser humano se le llena el corazón cuando sabe que contribuyó para bien a otro ser humano”, dice.
Pero incluso allí apareció una contradicción. No quería volver a convertirse en una celebridad. “Yo no quiero que todo esto me vuelva (…) ahora soy la celebridad del judaísmo”, explica. Por eso comenzó a bajar el ritmo. No quería reproducir la misma dinámica de exposición que había caracterizado su etapa como artista. Su propósito, dice, era otro: ayudar, pero también reservar tiempo para sus hijos, su familia y para ella misma.

Foto: Archivo Propio.
La actuación tampoco desapareció completamente de su vida. La conversación toca entonces a En Escena, la escuela de actuación vinculada a su familia en Barranquilla. La academia fue creada junto con sus hermanos y se ha dedicado a la formación de nuevos talentos. Sara no reniega de ese mundo. Al contrario, todavía lo observa con los ojos de alguien que conoce la industria.
Cuando puede viajar y asistir a las premuestras (ensayos o presentaciones previas de una escena, obra o ejercicio antes de la presentación final), analiza las escenas, da opiniones y hace correcciones. Sus hermanos, cuenta, aprendieron mucho de ella después de tantos años detrás de las cámaras. Lo que cambió fue su manera de participar. Una obra puede seguir teniendo lugar en la vida de sus hermanos, pero si se presenta un viernes en la noche o en determinados momentos del sábado, ella no puede asistir porque guarda Shabbat.
La actuación, entonces, no desapareció. Cambió de lugar. También cambió su relación con la industria. El mercado actoral latinoamericano actual, dice, está muy alejado de sus convicciones y de la forma en que vive hoy. Eso no significa que considere imposible volver a actuar. Podría hacerlo en producciones cuyos contenidos fueran compatibles con sus principios, incluso en historias relacionadas con el mundo judío. Pero aquella vida ya no es su centro.

Foto: Archivo de En Escena.
Lo que sí extraña
Hay una diferencia entre no extrañar una carrera y no extrañar un lugar. Sara asegura que no tiene nada que ir a buscar en su pasado profesional. Recuerda haber viajado recientemente por Estados Unidos y haber pasado por lugares donde alguna vez trabajó como artista. En cada uno aparecían recuerdos: una grabación, un viaje, una etapa de su embarazo. Pero no sintió nostalgia profesional.
“Qué bonito es sentir que viviste lo que tenías que vivir y no hay nada que buscar allá atrás”, cuenta. Lo que sí le duele es otra cosa: estar lejos de su familia y, sobre todo, de Barranquilla. Habla de esa sensación de caminar por un supermercado y que una persona desconocida le recomiende un café, unos zapatos o cualquier cosa. Habla de la conversación espontánea, de la burla, de la risa, de esa forma costeña de entenderse sin necesidad de explicar demasiado.
“Hay códigos de quillero”, dice. Esos códigos son los que extraña. En Israel puede sentirse feliz, completa y plena pero hay una parte de ella que sigue siendo barranquillera y que echa de menos esa hermandad.
Quizá esa distancia entre su vida anterior y la actual también explique por qué cambió su definición de éxito. Durante la época de Maritza, el éxito podía medirse en rating, proyectos, revistas, reconocimientos y trabajos que funcionaban. Una producción con audiencia era un éxito; una sin audiencia podía convertirse en un fracaso. Hoy mira hacia atrás y encuentra éxito incluso en los proyectos que no tuvieron el resultado esperado.
La diferencia es que ahora ya no necesita que el público determine si lo que hace tiene valor. “Todo lo que he hecho es éxito”, dice. Ya no se trata del resultado, sino del proceso: de ser diferente a quien era ayer, de aprender, madurar y discernir. El éxito ahora para ella se define en todo lo que ha crecido. Es quizá la definición que mejor conecta a Maritza con Sara. Porque si antes el éxito consistía en llegar a un lugar, ahora parece consistir en entender quién se es mientras se camina.
Lo que queda al final no es una historia sobre lo que Sara dejó atrás, sino sobre la vida que decidió construir después. Maritza sigue siendo parte de su historia, pero Sara es quien hoy le da un nuevo significado. Entre la actriz que alguna vez buscó el reconocimiento y la mujer que hoy encuentra plenitud en otros lugares, hay una misma persona que aprendió a medir el éxito de una manera distinta: no por cuánto la ven, sino por cuánto ha logrado encontrarse.