Por Sebastián Pérez
Sin deambular demasiado entre el debate sobre la legitimidad de los hechos vividos en el tercer día del año en la capital venezolana, es perentorio saludar felicitando a nuestros amigos y hermanos venezolanos por su liberación de para lo que muchos fue su verdugo. Después de todo, debatamos o no sobre eso, es a mi modo de ver mezquino e inhumano, no alegrarse por tal manera de iniciar el 2026.
Ahora bien, en algunas otras ocasiones en este espacio de columnas he mencionado a Mauricio Garcia Villegas y algunos de sus temas que tienen una significante importancia en hechos como este. Mucho de los argumentos del debate en redes sociales sobre la legitimidad de lo que ocurrió en Caracas recae sobre las emociones: “buena parte de los pesares de América Latina (y del mundo agregaría yo) pueden explicarse mejor desde las emociones”, dijo en algún momento el jurista colombiano.
Ése razonamiento puede iluminarnos en la búsqueda por entender algunas de las perspectivas, oportunistas dicho sea de paso, de algunos de los políticos más influyentes del país y con ellos de una buena parte los ciudadanos de Colombia, que ven con buenos ojos una intervención militar de otro gobierno ajeno al nuestro. Ése razonamiento puede conducirnos a entender el porqué, para muchos en el país, las causas justifican los medios y la aprobación de la ilegalidad se hace necesaria si sus fines son el someter e “impartir justicia” a quién un crimen ha cometido. Ejemplos hay por montones: Israel y Palestina, Falsos positivos en Colombia, intervenciones militares estadounidenses, dictaduras militares en Latinoamérica y un puñado de acontecimientos más.
A lo anterior si le sumamos la incapacidad de las instituciones internacionales por garantizar el respeto por los derechos humanos y el derecho Internacional, el círculo vicioso para los autoritarismos de cualquiera de los bandos está servido. Bien distinta sería la historia si las entidades internacionales y los países que hoy levantan la voz ante “una violación al derecho internacional por parte de Estados Unidos”, hubiesen hecho lo mismo categóricamente en el momento en el que el régimen de Nicolas Maduro arrestó injustificadamente a líderes y miembros de la oposición, asesinó personas en manifestaciones en todo su territorio nacional y propició el desplazamiento forzoso de millones de venezolanos, por mencionar solo algunas de sus atrocidades.
La ausencia de una respuesta categórica y palpable —no únicamente verbal o escrita— de los organismos internacionales, propicia que personajes con delirios de grandeza e imperialismo tomen las riendas de situaciones como estas con sus términos y se apropien de las tareas que alguien, por tratados y mecanismos universales (como la Carta de las Naciones Unidas de 1945 y el Consejo de Seguridad de la ONU) ha decidido no realizar. Quizá muchos de los mecanismos y las instituciones de antaño tienen un cierto grado de ineptitud ante los delirios del mundo de hoy.
Otra historia sería si las organizaciones internacionales hubiesen, en su momento, permitido a los venezolanos, mediante los venezolanos mismos, otra salida a la dependencia de un país que históricamente les, o peor aún, nos ha visto como el patio trasero de su morada. Otro cantar sería si el Derecho Internacional hiciese lo que, en este caso, la violación al Derecho Internacional hizo.
Esperemos que, tras el caos y la incertidumbre de hoy, para nuestros hermanos venezolanos y para quienes gritan de viva voz una intervención militar en Colombia, como dicta el proverbio antiguo que en algún momento leí en el “Ensayo sobre la ceguera” de Saramago: el ciego —creyendo que santigua— no termine rompiéndose la nariz.