Por: Emanuel Calderon
La película Isabel dirigida por Gabe Klinger y protagonizada por Marina Person, retrata el sueño y la frustración profesional de una sommelier (una persona experta en vinos) en São Paulo que busca abrir su propio bar de vinos. A través de una historia centrada en la cotidianidad, el filme explora cómo el deseo de avanzar puede convertirse en motor y carga en un contexto donde las aspiraciones personales chocan con las limitaciones del entorno laboral. La cinta tuvo una de sus proyecciones recientes en el Festival Internacional de Cine de Cartagena de Indias.
El primer acto es uno de sus mayores aciertos. Los planos cerrados y un lenguaje cercano al documental integran la cámara a los espacios de Isabel y vuelven creíble la rutina desde sus primeros momentos. Ese recorrido inicial parte de gestos como despertar y habitar sus espacios cotidianos y permite entender un entorno limitado pero no abiertamente adverso. Isabel tiene vínculos, estabilidad y cierto acompañamiento y aun así persiste una inconformidad. Allí destaca la actuación de Marina Person, especialmente en escenas contenidas donde su personaje enfrenta la falta de reconocimiento en su trabajo. La frustración aparece como una acumulación silenciosa. La película logra uno de sus puntos más altos aunque esa misma línea termina diluyéndose cuando la historia introduce conflictos adicionales.

Las demás líneas que propone la película no encajan con lo planteado al inicio. A partir del segundo acto y durante buena parte del tercero, la historia se orienta hacia un relato más aspiracional, centrado en la posibilidad de que Isabel, impulsada por su ambición, deje atrás su estabilidad para cumplir su objetivo. Ese desarrollo no logra consolidarse.
La narración introduce situaciones que no se desarrollan plenamente ni aportan a un objetivo definido. Cuando Isabel busca a su primer posible inversor, por ejemplo, se sugiere una relación previa que nunca se explica del todo y eso debilita el peso de la interacción. Aunque el encuentro deja una huella emocional en la protagonista, la escena no genera consecuencias claras dentro del relato y no conduce a un punto concreto.
Esa misma sensación se repite en otros momentos. La salida repentina de su pareja, que podría funcionar como un conflicto significativo, no tiene un impacto real en la historia ni en las decisiones del personaje. Estos elementos funcionan como situaciones aisladas que no logran integrarse a un desarrollo narrativo coherente. El resultado es una acumulación de escenas que parten de ideas interesantes que terminan descpnectadas por una falta de articulación narrativa.

Existen tambien ciertos puntos a destacar como el uso del color en el vestuario como recurso para reflejar el estado anímico de la protagonista: los tonos rojos marcan momentos de frustración o enojo, mientras que colores como el verde o el amarillo acompañan los instantes en los que Isabel percibe más cerca la posibilidad de cumplir su objetivo. Son decisiones que,aunque no inciden directamente en la estructura del relato, enriquecen la lectura del personaje.
El final de la película es una muestra más de los problemas de la historia. Isabel se ve superada por las limitaciones económicas y debe aceptar que no podrá abrir el bar. En un giro inesperado, el desempaque de los vinos termina convirtiéndose en una fiesta improvisada en la que regala todo lo que tenía almacenado. El director plantea este cierre como abierto, con la intención de dejar en duda el rumbo de la protagonista, pero la película no ofrece indicios suficientes para sostener ninguna de esas posibilidades. Esto refuerza una constante a lo largo del filme: sus mejores momentos aparecen cuando se concentra en retratar la belleza de una vida latinoamericana promedio, y sus debilidades surgen cuando no logra definirse entre esa mirada y una historia centrada en la ambición, lo que termina afectando la cohesión del conjunto.