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Por: Arytsha Aholibama

En los últimos días, España ha vuelto a enfrentar una enorme ola migratoria en la frontera de Ceuta. Al menos 50.000 personas han cruzado el mar desde Marruecos hacia territorio español, generando una crisis humanitaria, política y de seguridad que tiene a todos los españoles en alerta.

Y aunque se calcula que de esas 50.000 personas han regresado más de 48.000 a Marruecos, es necesario analizar este fenómeno y no reducirlo a un simple flujo migratorio o a una mala administración por parte del gobierno español.

Para empezar, hay que comprender una realidad que España nunca podrá cambiar: su geografía. España comparte frontera terrestre con Marruecos a través de Ceuta y Melilla. Y ambos países controlan uno de los puntos más estratégicos del planeta: el estrecho de Gibraltar, que es la puerta de entrada entre el océano Atlántico y el mar Mediterráneo.

Eso significa que, le guste o no a los españoles, España siempre estará obligada a mantener una relación relativamente estable con Marruecos. No porque quiera, sino porque la geografía juega, en estos casos, un papel muy importante en las decisiones politicas.

Una historia que comenzó hace más de cincuenta años

España fue colonizador del Sáhara Occidental desde el siglo XIX hasta 1976. Cuando el dictador de extrema derecha, Francisco Franco agonizaba, Marruecos, organizó la llamada Marcha Verde, una movilización masiva de civiles que presionó al gobierno español para abandonar el territorio.

España terminó retirándose y entregando la administración del Sáhara Occidental. Sin embargo, la ONU nunca reconoció esa transferencia de soberanía y continúa considerando al Sáhara Occidental un territorio no autónomo pendiente de descolonización.

Si viajamos varias décadas al futuro, llegamos a diciembre de 2020, cuando Donald Trump impulsó los llamados Acuerdos de Abraham entre Israel y Marruecos. A cambio de que Marruecos normalizara relaciones diplomáticas con Israel, Estados Unidos reconoció oficialmente la soberanía marroquí sobre el Sáhara Occidental.

En 2021 las tensiones entre España y Marruecos volvieron a dispararse. España permitió el ingreso por razones humanitarias de Brahim Ghali, líder del Frente Polisario, movimiento que lucha por la independencia del Sáhara Occidental y que mantuvo una guerra contra Marruecos hasta 1991.

Como respuesta, Marruecos relajó el control fronterizo en Ceuta y permitió el paso de miles de personas hacia territorio español. Era una advertencia de parte del rey Mohammed VI a España: “Si queremos, podemos provocar una crisis humanitaria”

La Unión Europea respaldó a España y calificó aquella situación como una utilización política de la migración para ejercer presión diplomática.

Para este punto, ya empezamos a notar un patrón. Cada vez que España hace algo que molesta a Marruecos, este último, realiza acciones que buscan desestabilizar a España.

En 2022 nuevamente las tensiones aumentaron. Se descubrió que el presidente de España, Pedro Sánchez,  y otros altos funcionarios españoles habían sido víctimas del espionaje con el software Pegasus. Aunque nunca hubo una sentencia judicial que atribuyera responsabilidades definitivas, sí se confirmó que los teléfonos fueron interceptados.

Poco después, Pedro Sánchez envió una carta al rey Mohamed VI afirmando que el plan marroquí para el Sáhara Occidental era “la base más seria, creíble y realista” para resolver el conflicto. Aquello supuso un cambio histórico en la posición española, que durante décadas había defendido que el futuro del territorio debía decidirse bajo el marco de Naciones Unidas.

En julio de 2023 Israel dio otro paso más y manifestó públicamente su respaldo a la soberanía marroquí sobre el Sáhara Occidental. Mientras que España comenzaba a endurecer su discurso sobre la guerra en Gaza. A partir de octubre de 2023 y durante 2024, Pedro Sánchez se convirtió en uno de los mayores críticos de la ofensiva israelí contra Palestina, exigiendo un alto el fuego y denunciando la muerte de miles de civiles palestinos.

Como habia mencionado anteriormente, existió un acuerdo que unía a Marruecos, Estados Unidos e Israel; y para este punto ellos no solo eran simples aliados estratégicos, militares y tecnológicos. Como consecuencia, las relaciones entre España con Marruecos, Estados Unidos e Israel comenzaron a deteriorarse rápidamente.

Durante 2025 esas tensiones continuaron aumentando. Y en marzo de 2026, tras la guerra contra Irán, España volvió a cuestionar los ataques unilaterales de Estados Unidos e Israel. Por lo que, Donald Trump llegó incluso a amenazar con represalias económicas contra España. Lo mismo hizo Israel.

España respondió retirando a su embajador en Israel.

Mientras todo esto ocurría, España intentaba también recomponer sus relaciones con Argelia, ya que este país es uno de sus  principales proveedores de gas. Sin embargo, esto no le gustó al rey de Marruecos, debido a la profunda rivalidad que existe entre estos dos países africanos por la soberanía del Sáhara Occidental.

Lo que nos lleva a especular que, justo este fortalecimiento de relaciones entre España y Argelia, podría ser una de las principales causas de la nueva ola migratoria de Marruecos a Ceuta.

Cuando la migración se convierte en un arma geopolítica

Se calcula que alrededor de 50.000 personas han cruzado recientemente desde Marruecos hacia España. Muchos analistas describen este fenómeno como una estrategia de zona gris. Es decir, acciones que no constituyen una guerra abierta, pero que tampoco pueden considerarse simples incidentes diplomáticos. Son mecanismos de presión capaces de desestabilizar gobiernos sin disparar un solo tiro.

Esto ocurrió en 2014, cuando España interceptó cerca de Ceuta el yate del rey Mohamed VI y Marruecos respondió permitiendo el paso de más de mil migrantes. O en 2021, cuando miles de personas cruzaron hacia Ceuta y, tras la intervención policial, decenas murieron y decenas más desaparecieron.

Por eso resulta difícil pensar que estas crisis sean únicamente espontáneas, que se deban a un mal manejo o que sea culpa de un partido político en específico. En este conflicto hay mucho más en juego de lo que parece; y hay todo transfondo que podría darnos pistas de cómo solucionarlo.

Hay que aclarar que esto no significa que Marruecos organice cada movimiento migratorio, pero sí que posee la capacidad de facilitarlo o contenerlo mediante el control fronterizo, pero decide no hacerlo.

Por otro lado, la ultraderecha española ha culpado al gobierno de Pedro Sánchez por la crisis migratoria, relacionándola con la regularización de migrantes. Sin embargo, la historia nos muestra que esto no es la primera vez que ocurre y ha sido bajo circunstancias completamente diferentes.

Una deuda histórica

Para este punto es inevitable preguntarse: ¿Existe una relación directa entre el deterioro de las relaciones de España con Estados Unidos e Israel y la nueva crisis migratoria?

Por supuesto que no existen pruebas públicas que permitan afirmarlo. Pero tampoco puede ignorarse que Marruecos mantiene una estrecha alianza estratégica con ambos países y que la presión migratoria ya ha sido utilizada anteriormente como herramienta diplomática.

Al mismo tiempo, tampoco podemos olvidar la otra cara de esta historia.

Miles de marroquíes abandonan su país porque viven en condiciones extremadamente difíciles: pobreza, falta de oportunidades, dificultades para acceder al estudio, salarios bajos y una enorme desigualdad. Es tal la desesperación que muchos arriesgan su vida persiguiendo ese “sueño europeo”, uno que les promete una mejor vida. Paradójicamente, ellos mismos están regresando por su cuenta al descubrir que Europa tampoco era el paraíso que imaginaban.

Mientras tanto, el rey Mohamed VI parece utilizar esa desesperación como un instrumento de presión política y como  una forma de desviar el descontento interno de sus ciudadanos hacia un enemigo externo. Porque lo que se ha demostrado, es que a este hombre no le importa el sufrimiento de su pueblo.

Pero por supuesto, Europa tampoco puede seguir ignorando sus responsabilidades históricas.

Durante siglos, las potencias europeas colonizaron África, impusieron fronteras artificiales, separaron pueblos, explotaron recursos, debilitaron los suelos, apoyaron dictaduras y, en muchos casos, contribuyeron a la inestabilidad que hoy empuja a millones de personas a migrar. A ello se suma el cambio climático, que convertirá amplias regiones africanas en zonas cada vez más difíciles para vivir.

Asi que debemos aceptar una realidad: Las migraciones no desaparecerán.

Al contrario, todo indica que aumentarán.

Por eso la solución no es levantar muros, ni echarle la culpa a la derecha o a la izquierda, ni abandonar la soberanía europea, ni convertir a los migrantes en enemigos. La solución exige fortalecer las relaciones con África, abandonar definitivamente las prácticas neocoloniales, asumir responsabilidades históricas y construir estrategias comunes de desarrollo.

Porque la historia de la humanidad siempre ha estado marcada por las migraciones y seguirá estándolo. Así que en lugar de enfocarnos en impedirlas para siempre, deberíamos empezar a gestionarlas con justicia, dignidad y visión geopolítica, sin permitir que el sufrimiento humano se convierta en una herramienta de presión entre Estados.

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