Por: Arytsha Aholibama
En estas últimas semanas, las elecciones presidenciales y el futuro de Colombia son el tema principal en noticias nacionales. Y uno de los nombres que ha resonado con fuerza en el panorama político colombiano es el de Abelardo De la Espriella. Abogado, empresario, candidato independiente, se presenta a todos los colombianos como el supuesto salvador de una nación que, según él, está al borde del colapso en manos de la temible izquierda. Pero, ¿realmente es De la Espriella el líder que Colombia necesita o más bien es un reflejo de las viejas prácticas políticas?
Me tomé la molestia de investigar primero, quién era esta persona, que a pesar de no tener ninguna experiencia en cargos públicos se ha convertido en el favorito de muchos adultos y jóvenes. Desde sus discursos y apariciones públicas, De la Espriella ha buscado proyectar una imagen de “mano dura” contra la corrupción y la delincuencia. El mismo se declara admirador del presidente de El Salvador, Nayib Bukele y propone replicar su modelo autoritario en Colombia, una afirmación antidemocrática que debe ser motivo de alerta entre los colombianos. Y detrás de toda esa retórica de orden y disciplina que tiene embelesados a muchos, se pueden encontrar unas no tan escondidas inconsistencias que ponen en duda su credibilidad y verdaderas intenciones.
De la Espriella no se libra de las polémicas. Su trayectoria como abogado lo vincula a figuras profundamente controversiales como el comandante paramilitar de las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC), Salvatore Mancuso, quién es responsable de diversas masacres ocurridas en las regiones de Córdoba, Sucre, Antioquía, Magdalena y Norte de Santander. No podemos permitirnos olvidar la masacre de Chengue en Sucre, donde 27 campesinos fueron brutalmente asesinados; o la masacre de El Salado en Bolívar, en la que se les fue despojado el derecho a la vida a entre 60 y 100 personas.
El candidato cordobés también tiene relación con empresarios como, David Murcia Guzmán, el cerebro detrás de DMG, la gran estafa piramidal en la que cayeron al menos medio millón de colombianos. Y aunque De la Espriella solo lo representó por tres meses, su defensa judicial y mediática, pudo haberle dado legitimidad a esta captación ilegal. Además, durante el juicio, se reveló una conversación en la que se hablaba de que De la Espriella habría recibido 760 millones en 2008 para hacer lobby en el Congreso a favor de DMG.
Y por supuesto, con Álex Saab, señalado testaferro del presidente de Venezuela, Nicolas Maduro, quien declaró que Abelardo De la Espriella era su gran abogado y amigo, que lo defendió entre 2013 y 2019, lo que llevó a que el periodista Jaime Bayle revelara que Abelardo De la Espriella recibió de Saab 12 millones de dólares por defenderlo, dinero que pudo provenir del Cartel de los Soles, una red de narcotráfico y corrupción en Venezuela. Abelardo ha sido señalado por varios, entre ellos el expresidente Juan Manuel Santos de haberle avisado a Saad que lo iban a capturar para que se pudiera escapar. Esto no es una coincidencia, y no debe ser pasado por alto las repetidas ocasiones en las que su nombre está asociado a defensas judiciales de personajes que han causado tanto daño al país.
Resulta profundamente preocupante que un abogado con tanta visibilidad como Abelardo De la Espriella haya convertido su bufete en un escudo para narcotraficantes y personajes asociados con estructuras criminales. La defensa pública a figuras como el Ñeñe Hernández, narcotraficante que se hizo celebre en el país por intentar comprar votos para el expresidente Iván Duque en el 2018; o Diego Marín, alias “Papá Pitufo”, el contrabandista que se hizo famoso por sobornar a policías para que lo dejaran pasar sus mercancías. No solo lo defendió a través de sus abogados sino públicamente en medios de comunicación.
Además, el general Juan Carlos Buitrago, ex director de la Policía Nacional, quién perseguía a los contrabandistas sugirió que De La Espriella pudo tener algo que ver con su expulsión de la institución en los tiempos de gobierno de Iván Duque. Y afirmó que personas del bufete de Abelardo habrían sobornado a funcionarios judiciales a cambio de beneficiar a sus clientes, entre ellos, alias “Papá Pitufo” y sacar provecho en sus casos judiciales. No puede entenderse simplemente como el ejercicio del derecho a la defensa; detrás de esos casos hay una estrategia mediática para limpiar imágenes y normalizar la corrupción. De la Espriella no se limita a ejercer su profesión en los tribunales, sino que utiliza los medios para construir narrativas que presentan a criminales como empresarios malinterpretados. Es una práctica que degrada la ética jurídica y socava la confianza en la justicia. Fue el presentante legal en su constitución de Fundación Iniciativas de Paz (FIPAZ), una organización que según investigaciones fue un instrumento político de las AUC, dedicada a hacer foros para exaltar a los paramilitar, articular influencia social y política y para promover un referendo que frenara la extradición de ellos.
Esto nos lleva a preguntarnos: ¿puede alguien que ha hecho fortuna defendiendo criminales prometer justicia y regeneración moral?
Lo que se resulta aún más inquietante es su comportamiento público. En una entrevista en el programa “Susos Show” en 2014, De la Espriella relató con una tétrica tranquilidad que, cuando era niño, amarraba gatos y les ponía voladores, una anécdota que no debe ser ignorada. No fue un desliz menor ni algo con lo que reírse: es una muestra de normalización de la crueldad. Aquel que no siente compasión por los seres más indefensos, ¿puede sentirla por los ciudadanos a los que promete proteger?
A esto se suma su cambio sospechoso de postura religiosa. Durante años se declaró abiertamente ateo, asegurando que no creía en nada que la razón no pudiera explicar. Sin embargo, recientemente, ante el evidente peso del voto conservador en Colombia, comenzó a presentarse como un “hombre de fe”. Colombia es un país donde 8 de cada 10 personas se identifican como católicos, y el declararse ateo le podría costar una suma considerable de votos. No es anormal que las personas con el pasar de los años y luego de experiencias vividas, cambien sus ideales, pero el timing no es casual: parece más una estrategia electoral que una verdadera conversión espiritual.
“Estos zurdos, sarnosos, degenerados, como no saben hacer nada, como nunca han creado una empresa, ni han pagado una nómina, ni han trabajado y en él. En el mayor de los casos, nunca se han bañado. Eso es lo que les gusta, eso es lo que les fascina, que los mantengan. No hay nada más desastroso para cualquier sociedad que los zurdos, que los mamertos, que los comunistas, esa es la sarna de una sociedad”, dijo Abelardo en el medio “El Mondaciero”. Así es, esto lo dijo un candidato a la presidencia de Colombia. Un desprecio público y declaraciones abiertamente despectivas contra quienes piensan distinto revelan un pensamiento profundamente autoritario. Llamar “degenerados” o “sarna” a sus opositores no es una simple provocación mediática: es una muestra del tipo de país que imagina, uno en el que la disidencia no tiene cabida y donde la fuerza reemplaza al diálogo. Existe una clara deshumanización hacia el contrario. Parece ser que al candidato le resulta más fácil hablar de los enfermos y débiles de la oposición que sobre propuestas que ayuden al país.
Entre más investigaba, más me sorprendía la sabiduría detrás de sus comentarios, como cuando el candidato expresó en su cuenta de X: “Colombia necesita el porte legal de armas para los ciudadanos: una sociedad bien armada, garantiza, junto a la fuerza pública, la seguridad de la Patria”. Su solución es entregar armas a una sociedad que por décadas ha vivido entre balas y plomo. No, Colombia no necesita que cualquiera pueda acceder a un arma de fuego, lo que Colombia necesita es una mejora en la educación, inversión en cultura, ciencia y deporte, y no una falsa sensación de paz.
Todo este discurso es una muestra de que lo único que quiere es paz con más violencia.
Más alarmante aún es que amplios sectores de la sociedad, especialmente jóvenes, admiren o sigan a personajes como De la Espriella. Esto habla de una preocupante falta de memoria colectiva: hemos normalizado que quienes defienden criminales se presenten como referentes de éxito, esas personas que organizan convenciones en el Movistar Arena, gastando millones y convirtiendo todo en un espectáculo. Los candidatos ya no venden ideas, venden show y polémica. Colombia no puede aspirar a la reconciliación ni al progreso mientras premie el cinismo y la doble moral.
Detrás de su aparente sofisticación y de su verbo elocuente, se esconde un populismo de élite: un intento de vestir con traje y corbata las mismas estrategias de polarización que tanto daño han hecho a nuestra democracia. Su cercanía con figuras del poder, su defensa de intereses oscuros y su constante necesidad de presentarse como víctima de los “enemigos del progreso” son síntomas de un proyecto político que no busca servir, sino dominar.
Colombia no necesita un nuevo caudillo que divida, ni un redentor que justifique sus excesos con promesas de orden. Necesita líderes capaces de escuchar, de unir, de construir sobre la verdad y no sobre el espectáculo. Por eso, antes de dejarnos seducir por la imagen de un “salvador”, vale la pena preguntarse:
¿Queremos un presidente que construya un país justo o uno que lo someta con miedo?