Por: Javier Franco Altamar
En una decisión que han supuesto ingeniosa, muchos artículos dedicados a Willie Colón cierran con el estribillo de una de sus canciones: “todo tiene su final. Nada dura para siempre”. Pero se les ha escapado que esa expresión es una evidencia, entre muchas, de que el recién fallecido artista era estoico hasta la médula espinal.
Los reconocimientos sobre su estatura musical han aparecido ahora en cascada luego de su muerte, acaecida hace pocos días, a la edad de 75 años. Y en medio de todo eso, han salido a flote algunos de los apelativos que marcaron su vida: el asociado con su lugar de origen y su carácter rudo (el malo del Bronx), y otro relacionado con su impronta creativa (el revolucionario); pero sería justo reconocerle, por lo menos, uno de talla filosófica: el estoico de la salsa.
Ser un estoico no requiere sino de una disposición especial para distinguir lo controlable de lo incontrolable; modular el vínculo entre creencia y afecto; y perseverar en la virtud frente a algunos factores tan inestables como externos: la fama, el éxito, o la aprobación social.
Son asuntos que se exponen a diario libros de autoayuda como si fueran el gran invento de seres iluminados de nuestros tiempos, cuando en realidad, tal sabiduría nos viene de lejos, como ocurrencia inicial, primero, de un filósofo griego del siglo III antes de Cristo (a.C.) llamado Zenón de Litio, y amplificado por la Roma Imperial, donde se consolidaron los elementos culturales que nos rigen en buena parte de hoy. La enseñanza principal es que debemos construir nuestra felicidad sobre lo que está bajo nuestro control, y que, si bien no podemos controlar muchas de las circunstancias y eventos que nos rodean, sí somos dueños de lo que pensamos sobre ellos.
El estoicismo fue, junto con el epicureísmo, el escepticismo y el cinismo, una de las grandes corrientes de filosofía práctica que se desmarcaron de la carga conceptual y teórica del linaje de Sócrates, Platón y Aristóteles. Todas ellas surgieron de la crisis de autorreconocimiento generada por la muerte de Alejandro Magno en el año 323 a.C. Recordemos que, con su temprana partida (tenía 33 años), se hizo polvo la unidad política, geográfica y cultural griega a la que le había apostado el monarca macedonio en su gesta conquistadora.
En particular, el estoicismo fue asumido con entusiasmo en el contexto de la Roma Imperial, luego de que esta reemplazara a Grecia en el dominio de las ideas, el conocimiento y las artes en todo el mundo occidental conocido hasta el momento. Estamos hablando de los primeros 500 años de nuestra era.
Para no alargar más este cuento, fue tan atractiva la filosofía estoica que empezó a ser cultivada en todos los estratos, y por eso no debe sorprendernos que tres de los más grande estoicos romanos de la historia son: el consejero, político, orador y escritor Séneca (4 a.C.-135 d.C.) el esclavo Epicteto (55-135), y el emperador Marco Aurelio (121-180).
Además, ellos tres tienen algo en común desde la perspectiva estoica: la certeza de que nadie tiene la vida comprada. El poderoso puede tener la ilusión de que controla sus circunstancias, pero el destino es igual de implacable tanto como con él como con el más bajo en la escala social. La pregunta central de los estoicos es cómo vivir en un mundo que no puede controlarse.
Bueno, pues, ellos tres nos van a ayudar a demostrar, de aquí en adelante, que Willie Colón hacía parte de esta corriente filosófica, así ni él mismo hubiese sido consciente de tal militancia en algún momento de su exitosa carrera musical.
Porque para ser estoico, hay que decirlo de una vez, no se requiere de una vastedad de estudios, sino de una actitud práctica y asertiva. Y es tan práctica y elemental la propuesta estoica que está muy de moda hoy. Hay hasta sitios enteros de Internet donde se divulgan y se explican sus enseñanzas con ejemplos y situaciones actuales.
Además, como para despejar dudas sobre su validez actual, en las últimas décadas se han impreso libros muy amenos sobre la filosofía estoica. Algunos de ellos han sido publicados al amparo de la moda eterna de la autoayuda, pero eso lo que hace es reforzar el argumento.
Hay libros estoicos por toneladas, pero destaquemos solo cuatro a manera de ejemplo: ‘Diario para estoicos’ (2020), de los norteamericanos Ryan Holiday y Stephen Hanselman; ‘Cómo ser un estoico’ (2022), del italiano Massimo Pigliuci; ‘Tómatelo con estoicismo’ (2024) del catalán Jaime Moreno Delgado; y ‘Estoicismo práctico’ (2024) del colombiano Juan David Arbeláez
Dicho sea con honestidad, bastaría con leer el ‘Manual de Vida’ de Epicteto, las ‘Meditaciones’ de Marco Aurelio, o ‘De la tranquilidad del ánimo’ y ‘De la brevedad de la vida’ de Séneca para evitarlos a todos ellos; y, de paso, hacer lo mismo con cualquiera de las obras de Coelho, Goleman, Carnegie, Chopra, Dyer, Covey, y un largo etcétera de autores que se han vuelto millonarios diciendo, a su manera y con sus ejemplos, lo que estos tres grandes del pensamiento escribieron hace 25 siglos.
Y como la obra musical de Willie Colón es larga y variada, vamos a tomar como base de reflexión tres de sus canciones más reconocidas: Todo tiene su final, de 1973; Sin poderte hablar, de 1979; y El gran varón, de 1989, que en realidad es original del panameño Omar Alfanno, pero que Colón adoptó de tal manera, y asumió con tal propiedad que todos los reclamos de la época (la Iglesia, la propia comunidad gay) llovieron contra él. Sea como sea, está inspirada, según Alfanno, en la situación real de alguien muy cercano a él.
La primera de las tres canciones fue vocalizada por el puertorriqueño Héctor Lavoe en unos de los álbumes que produjeron juntos entre 1967 y 1974; y las otras dos, las grabó Colón con su propia voz, cuando ya su exitosa alianza con el panameño Rubén Blades de 1975 a 1978 era historia. De esta última etapa es, recordemos, el exitoso álbum ‘Siembra’ (1978) que incluye la famosa canción Pedro Navaja.

‘Sin poderte hablar’: el momento pre-estoico
Esta canción, si bien está ubicada cronológicamente en un punto medio, plantea una condición situada un tanto atrás de la solución estoica. Tiene la propiedad de dramatizar una situación en la que el yo lírico condiciona su bienestar en lo que no controla. Su intención es ponerlo en evidencia mediante una escena del amor que no se concreta: el yo lírico fundamenta su plenitud en la respuesta ajena, en algo que no depende de él.
Sé que no debo decir,
lo que dicta mi emoción.
Siento que gustas de mí.
y no sé por cuál razón.
Los celos me están matando,
quiero estar cerca de ti.
Y mi amor te está esperando.
Yo te quiero hacer feliz.
El yo musical rumia su impotencia. La pasión palpita en su pecho, pero aún no ha sido examinada por la razón. Epicteto nos diría que el sujeto se nos presenta en un momento de confusión entre lo que depende de él—su juicio, su hablar con franqueza, su aceptación del resultado—y lo que escapa a su control, es decir, el afecto de la otra persona, que, si bien se supone disponible, no cristaliza. Y mucho menos se tiene claridad sobre el curso de la hipotética relación que parece, además, depender de un primer contacto para nada seguro.
De hecho, Epicteto inicia su Manual haciendo la claridad: “En cuanto a todas las cosas que existen en el mundo, unas dependen de nosotros, otras no dependen de nosotros. De nosotros dependen; nuestras opiniones, nuestros movimientos, nuestros deseos, nuestras inclinaciones, nuestras aversiones; en una palabra, todas nuestras acciones”.
La medicina estoica sería doble: por un lado, se necesita imaginar serenamente el rechazo para desactivar la catástrofe sentimental. Mantenerse en el terreno hipotético a base de supuestos podría contribuir a acentuar la agonía. Por lo que lo más recomendable, para mantener la paz espiritual, sería el amor lúcido, sin frialdad, capaz de valorar sin poseer, de agradecer sin exigir. Nuestra voz lírica, sin embargo, no abandona la frontera:
Ay, ay, ay, ay (en coro)
“Quisiera decirte tantas cosas”,
cuando tú me estás mirando (en coro)
“pero ya sé que la vida es así”.
Cuánto tiempo va pasando (coro)
y yo sin poderte hablar (coro)
El deseo gobierna, la fantasía magnifica el objeto, y la identidad se precariza. Estamos siendo testigos, por lo tanto -y gracias a Willie Colón- de una escena potente para enseñar la dicotomía del control y el entrenamiento del juicio.

En la segunda parte de la canción, hay un leve giro, pues la voz lírica abandona el listado largo de cosas que quisiera decir y, en cambio, expresa un vaticinio específico sobre la certeza paradójica de que nunca se cumplirá si se mantiene la distancia insuperable:
Ay, ay, ay, ay (en coro)
“Si pudiera decirte solamente una palabra”,
cuando tú me estás mirando (en coro)
“Mía serás”.
Cuánto tiempo va pasando (coro)
y yo sin poderte hablar (coro)
Luego viene el establecimiento de un compás de posibilidades, consejos de comportamiento frente a los cuales, sin embargo, todo parece tender a la permanencia, nada de alteraciones. Porque no se trata solo de lo que escapa al control del yo lírico, sino de lo que no está al alcance de la mujer deseada, expresado, esto último, en “su control”, es decir, una pareja sentimental, un compromiso vigente respecto del cual no parece haber margen de violación. La mirada de ella es elocuente, quizás, y aunque no expresa la más mínima intención de abandonar su zona de confort, se le recomienda serenidad, aceptación de su realidad, actitud estoica, consejos que avanzan entres los coros…
Quédate sentada donde estás,
hasta el fin como si nada.
A tu lado, tu control,
podrá notar nuestras miradas.
Y la voz lírica regresa a su frontera de imprecisiones donde todavía es incapaz de apaciguar la pasión, donde todavía el juicio propio no controla los pensamientos respecto de la situación difícil. Hay un vaivén que va desde el deseo hasta la certeza de un vaticinio que se resiste; un descontrol palpitante contrastado con unas condiciones reales que no dan señales sobre posibilidades de cambio.
Usted me desespera,
ya no puedo controlarme.
Daría la vida, por poder besarte.
pero tan solo puedo mirarte, nena.
Qué mala suerte la mía.
Si yo pudiera hablarte,
te diría lo que siento,
tú serías mi amante,
pero tan solo puedo mirarte, nena.
Al final de la canción, sin embargo, el sujeto da luces sobre algún tipo de aceptación. Dice Epicteto en su Manual: “Intentar controlar o cambiar lo que no podemos tiene como único resultado el tormento. Las cosas que nuestro poder no alcanza son debilidades, dependencias, o vienen determinadas por el capricho y las acciones de los demás”. No obstante, hay señales de que se puede lograr la paz interior:
En un cuarto lleno de gente,
un corazón agonizaba
sabiendo que nunca jamás
podrá lograr lo que esperaba.
Dejemos que Epicteto mismo termine este análisis, y recomiende qué hacer en estos casos, porque mientras gastamos pólvora en el amor no correspondido, dejamos de atender lo que sí tenemos, O, como mínimo, no nos abrirnos a las posibilidades que bailan a nuestro alrededor, las cuales debemos apreciar con el corazón abierto, dejándole todo al destino:
“Haz todo lo que esté en tu mano para refrenar el deseo -dice Epicteto en su Manual-. Pues si deseas algo que escapa a tu control, seguramente acabarás decepcionado; mientras, estarás descuidando las cosas que están bajo tu control y que son merecedoras de deseo”.

‘Todo tiene su final’: la brevedad de la vida
Si Lucio Anneo Sénecahubiese compuesto una canción salsera, diría más o menos lo que dice la de Willie Colón. En su libro ‘La brevedad de la vida’, nuestro consejero nos invita a hurgar en la memoria a ver cuántas veces hemos estado seguros de nuestros planes, qué jornadas nos han resultado según lo proyectado, cuándo hemos estado de veras en disposición de nosotros mismos, y cuándo la expresión de nuestra cara ha sido la debida.
También nos convida a que nos preguntemos cuándo nuestro ánimo no estuvo afectado por el miedo, cuántos hemos despedazado nuestra vida sin darnos cuenta de lo que hemos perdido, de cuánto nos ha despojado el resentimiento vano, la alegría estúpida, el deseo ansioso y las relaciones lisonjeras. En ese momento, asegura Séneca, advertiremos que muchas cosas habremos perdido y hemos empezado a morir de manera prematura.
“¿Dónde está la razón de todo esto? -se pregunta Séneca, y responde-: Viven como si fueran a vivir siempre, nunca reparan en su fragilidad, no calculan cuánto tiempo ha pasado ya para ustedes como si sacaran del total y sobrante lo pierden, cuando a las veces ese día precisamente que se le dedica a alguien o a algún negocio sea acaso el último. Todo como mortales lo temen, todo como inmortales lo anhelan”.
Y dice Willie Colón:
Todo tiene su final,
nada dura para siempre
tenemos que recordar
que no existe eternidad.
Como el lindo clavel,
sólo quiso florecer
y enseñarnos su belleza
Y marchito perecer.
La metáfora del clavel que florece es poderosa: se disfruta la belleza sin fetichizarla. Su fin no es tragedia de su ser, sino curso de la naturaleza. Séneca se pregunta, en una de sus cartas a Lucilio, si habrá algo en el mundo que esté al abrigo de cambios, y enseguida nos recuerda que no. Dice:
“La tierra, el cielo, toda la inmensa maquinaria del universo no están exentos de cambios, aun siendo la obra de Dios mismo. No, el mundo no conservará siempre su orden actual; día vendrá que lo desvíe de su curso. Todos los seres tienen periodos marcados: deben nacer, crecer y perecer. Esos astros que veis moverse por encima de nosotros, esta tierra en que estamos confusamente esparcidos y nos parece tan sólida, todo ello está minado sordamente y ha de tener un fin”.
Como el campeón mundial,
dio su vida por llegar
y perder lo más querido
en las masas, otro más
La alusión al “campeón mundial” que, tras su llegada a cumbre, retorna al anonimato, escenifica la fragilidad de la fama: medallas y vítores pertenecen al orden de los “indiferentes” y no constituyen el bien, como ya hemos visto con Epicteto. Por eso es importante atesorar el presente, sacándole el máximo provecho porque el pasado ya no existe, y el futuro que nos angustia nos apura y no nos deja apreciar lo actual, que es la vida misa en su resonancia plena. No hay que precipitarse, sino disfrutar lo que aún nos pertenece, gozarlo a plenitud como lo haremos cuando el futuro deje de serlo y sea nuestro presente. No hay que apurar las cosas, en esto Séneca es insistente:
“El tiempo presente es brevísimo, de tal manera, que algunos dicen que no le hay, porque siempre está en veloz carrera; corre y se precipita, y antes deja de ser que haya llegado, sin ser más capaz a detenerse que el orbe y las estrellas, cuyo movimiento es sin descanso y sin pararse en algún lugar. No gozan, pues, los ocupados más que del tiempo presente, el cual es tan breve, que no se puede comprender, y aún éste se les huye estando ellos distraídos en diversas cosas”.
No hay quien pueda restituirnos los años, agrega Séneca, y ninguno se restituirá a sí mismo. La edad proseguirá el camino que comenzó, sin volver atrás ni detenerse; no hará ruido ni le advertirá a nadie su velocidad; pasará con silencio, no se prorrogará por mandado de los reyes ni por el favor del pueblo; correrá desde el primer día como se le ordenó; en ninguna parte tomará posada ni se detendrá. “¿Qué se seguirá de esto? -remata nuestro autor: Que mientras tú estás ocupado, huye aprisa la vida, llegando la muerte, para la cual, quieras o no quieras, es forzoso desocuparte”.
El juego de supuestas improvisaciones en lo que resta de la canción de Colón, tiene la función de reforzar el mensaje con máximas y llamados de atención. Avanzan intercaladas con el estribillo en coro que repite el título de la canción: todo tiene su final…
Todo tiene su final
Si no me quieres dímelo ahora,
A mi velorio no venga a llorar, no, no,
Hay mamita rica,
Yo sabía que un día tenía que acabar.
Punto final, todo se acabó,
Y va a llegar un demonio a todo y te va a limpiar
Porque todo tiene su final
Echa pa’ lante mamá
Como podemos apreciar, el yo lírico rehúye la hipocresía del duelo social y prefiere la sinceridad de la vida. No se niega el dolor por la pérdida de la madre, sino que la tristeza se transforma en resolución práctica: “seguí pa’ lante, mamá”, dice el cantor, con lo que el dolor da un giro hacia el coraje y la disciplina, con lo que queda expuesto el corazón de la terapia estoica: aceptar los hechos, gobernar el juicio y obrar según el deber.
‘El gran varón’: el relato como estrategia

La narración del hijo que no encaja en las expectativas del padre exhibe el choque entre convención y naturaleza propia. La moral del “qué dirán” exige conformidad a un ideal de “varón” público; la vida del hijo desobedece esa plantilla.
Desde un marco estoico general, y con la ayuda de Epicteto, podemos entender, primero, que la cuestión decisiva no es la identidad en términos de etiquetas sociales, sino la medida del bien: reputación y honorabilidad pública son “indiferentes”; el bien reside en la virtud y en la coherencia con la propia razón.
Pero -nos advierte de una vez el emperador Marco Aurelio en sus Meditaciones- “No consideres las cosas tal como las juzga el hombre insolente o como quiere que las juzgues; antes bien, examínalas tal como son en realidad”. Fuera opiniones que distorsionan la mirada y afectan el juicio.
Para ponernos en sintonía con estos aspectos, y varios otros que iremos examinando, la voz lírica echa mano del relato, que como construcción discursiva tiene la virtud de ser mejor recordado que una reflexión pura y abstracta. Una explicación abstracta exige esfuerzo cognitivo; una historia, en cambio, se entiende de inmediato, porque incorpora personajes, conflictos, emociones, giros que afectan la normalidad de las cosas.
En un relato, no solo procesamos lenguaje: también simulamos la experiencia, y la información se instala de manera más sólida en la memoria. Por eso, el gran sicólogo de la educación, Jerome Bruner, invitaba a rescatar la narrativa como estrategia en el aula de clases. Y si la intriga está en el desenlace, la estructura más recomendable del relato debe ser la cronológica, la que avanza en el mismo orden que la historia y comienza, obviamente, por el principio. En este caso, todo arranca con el nacimiento del personaje principal, en tono de recitación:
En la sala de un hospital
a las 9:43, nació Simón
Es el verano del 56,
el orgullo de don Andrés, por ser varón.
Esta tendencia natural de un padre a que su primer hijo sea un varón toca explorarla desde lo antropológico y nos llevaría toda una enciclopedia sustentarla. Para no desviarnos mucho, convengamos en que eso tiene que ver mucho con el patriarcado, es decir, la organización social con los hombres en situación de autoridad; la costumbre muy extendida en la historia de que el legado de bienes y el estatus se transmite por la línea masculina; la instalación consecuente en el imaginario sobre la valoración superior del varón en la familia y la sociedad (la primigenia cultura griega es un buen ejemplo de ello), y una costumbre muy larga de dominación masculina construida y reforzada durante siglos.
Con eso como contexto, tendríamos suficiente para juzgar la conducta de don Andrés, pero la voz narrativa no está para eso en este momento. Más bien ha preferido mostrarnos algo: quiere llevarnos de su brazo por un cuento para convertirnos en testigos de una situación, con lo que se asegura, de antemano, que quedaremos sensibilizados.
Fue criado como los demás
Con mano dura, con severidad, nunca opinó.
“Cuando crezcas vas a estudiar,
la misma vaina que tu papá, óyelo bien:
tendrás que ser
un gran varón”.
Escuchamos la voz de un padre que lo tiene todo calculado. La dinámica imitativa de la que tanto nos habla René Girard (antropólogo francés) debería de entrar a operar. Estamos hablando de una situación de contagio que suele llevar a los hijos -o como mínimo, a uno de ellos- a extender el linaje no solo con el apellido, sino con el oficio familiar, el que le ha sido asignado por orden natural, algo muy estoico, por cierto. Para eso deben atenderse reglas claras, que deben obedecerse como un guion impuesto, como diría el filósofo catalán Joan-Carles Mèlich.
Se aproxima, entonces el núcleo del relato con la entrada plena al ritmo pleno de salsa; se anuncia el momento del giro o del problema, como bien lo identificó en el siglo XVIII el escritor y filósofo irlandés Edmund Burke:
Al extranjero se fue Simón,
lejos de casa, se le olvidó aquel sermón.
Cambió la forma de caminar
Usaba falda, lápiz labial, y un carterón

La canción no específica la identidad sexual de Simón, pero podemos inferir que se trata un transgénero. No de un homosexual en el sentido de que se sienta atraído por alguien de su mismo sexo (sería un asunto de orientación); ni de alguien que por inclinación personal o artística utiliza prendas de vestir del género opuesto. Estamos hablando de alguien que se viste y actúa en correspondencia con el género que vive y siente de manera interna e individual. Dicho en otras palabras: Simón se auto percibe como mujer, y, por lo tanto, se viste y comporta en cuanto tal.
Todo este recorrido conceptual parecería innecesario a la luz de la simplificación intuitiva de que “gay es gay”. Frente a ella, el abanico de orientaciones sexuales e identidades de género lucen como ociosas. Pero ya veremos que esta distinción es bien importante y clave tanto en los entendidos de la tolerancia y el reconocimiento a los derechos humanos como en el marco de este análisis estoico, por supuesto
El momento del choque, el giro narrativo, viene a continuación, y se produce cuando el padre se encuentra con su hijo en una visita sorpresa. El yo lírico asume el episodio como un cuento muy reconocido que él se limita a reproducir: Desde el principio ha asumido distancia respecto de los hechos, conducta con la cual pretende garantizar la objetividad en el relato:
Cuenta la gente que un día el papá
fue a visitarlo sin avisar. ¡vaya qué error!
Y una mujer le habló al pasar,
le dijo “hola, ¿qué tal papá?, ¿cómo te va?
No me conoces, yo soy Simón.
Simón, tu hijo: el gran varón”.
La escenificación tiene la particularidad -es una ilusión propia del recurso narrativo- de que el relator se aparta y deja al espectador en contacto directo con los hechos. No hay intermediario procedimental. Por lo tanto, escuchamos la voz de Simón revelándose a don Andrés mediante el recurso expresivo de la ironía. Aquí ya estamos en disposición de imaginarnos la cara de sorpresa del viejo Andrés.
De aquí en adelante, se incorporar a la canción el estribillo que constituye el mensaje central de la canción. Muy estoico, de paso. Con él, se da paso al segmento de improvisación típico de los cierres en los temas a ritmo de salsa:
No se puede corregir
a la naturaleza.
Palo que nace doblao,
jamás su tronco endereza
La reflexión filosófica-con el refrán popular reproducido de manera más coloquial-, puede tomar aquí el rumbo que quiera, pero terminará siendo, de todas maneras, de clara condición estoica. Escuchemos un momento a Marco Aurelio al comienzo de su cuarto libro en sus Meditaciones:
“El dueño interior, cuando está de acuerdo con la naturaleza, adopta, respecto a los acontecimientos, una actitud tal que siempre, y con facilidad, puede adaptarse a las posibilidades que se le dan”. Como se puede observar, Marco Aurelio enfatiza en la necesidad de vivir de acuerdo con la naturaleza. La condición sexual es, claramente, parte de la diversidad de la naturaleza humana.
Por eso, desde de la situación de Simón, y para lograr su paz interior, bien puede entenderse que no le asiste otra cosa que aceptar su condición de mujer, por lo que simplemente la refrenda y visualiza desde su apariencia. No ha corregido nada: solo ha actuado en coherencia consigo mismo.
Mientras que, desde la situación de don Andrés, lo más recomendable sería abandonar la idea de que puede regresar a su hijo a la condición de varón. No hay posibilidad ninguna para que algo así ocurra. La “corrección” que él esperaría es insostenible. En realidad, no aplica si se considera la perspectiva interna e individual de Simón, por lo que es mejor, para el padre, que así lo acepte así para su propia tranquilidad.
“No consideres las cosas tal como las juzga el hombre insolente o como quiere que las juzgues; antes bien, examínalas tal como son en realidad”, dice Marco Aurelio en el mismo libro, un consejo claro de no dejarse afectar por las opiniones ajenas. Aplicado a la condición de Simón, significaría que ha resuelto no permitir que la desaprobación de otros le afecte -ni siquiera la de su padre-, y más bien ha decidido ser “ella misma”.
El que no cambió de opinión -y el mensaje va para quien asuma una actitud similar- fue don Andrés. La canción dice que jamás volvió a hablarle al hijo y “lo abandono para siempre”. Frente a esta situación tan triste, el consejo estoico de la voz lírica es que no se queje de eso, y más bien le aconseja que “si de cielo te caen limones, aprende a hacer limonada”.
En 1948, es decir cuatro décadas antes de la canción, el muy reconocido escritor estadounidense Dale Carnegie, cuyos libros estaban repletos de consejos estoicos, se refirió a esta máxima como una herramienta que empleaba Robert Maynard Hutchins, -rector de la Universidad de Chicago-, para librarse de sus preocupaciones. Y él, a su vez, la atribuía a Julius Rosenwad, antiguo presidente de la Sears Roebuck and Company: “cuando tengas un limón, hazte una limonada”.

En su libro “Cómo dejar de preocuparse y empezar a vivir”, Carnegie reproduce la máxima y en elogio a la actitud del rector dice:
“Tal es lo que hace un gran docente. Pero el simple hace completamente algo opuesto. Si la vida te entrega un limón, una cosa amarga y agria, se desespera y dice ‘estoy vencido. Es el destino. No tengo la menor oportunidad’. Después lanza imprecaciones contra el mundo y se compadece hasta lo más hondo de su ser. En cambio el juicioso, a quien entregan un limón, dice: ‘¿Qué lección cabe aprender de esta desgracia?, ¿Cómo puedo mejorar esta situación? ¿Cómo puedo convertir este limón en una limonada?
Pues bien, Marco Aurelio se expresa en la misma línea argumentativa, pero usando la metáfora del fuego en carácter demostrativo. Aparece en el mismo libro IV del que venimos hablando:
“El dueño interior -el juicioso- no tiene predilección por ninguna materia determinada, sino que se lanza instintivamente ante lo que se le presenta, con prevención, y convierte en materia para sí incluso lo que le era obstáculo, Como el fuego, cuando se apropia de los objetos que caen sobre él, bajo los que una pequeña llama se habría apagado. Pero un fuego resplandeciente con gran rapidez se familiariza con lo que se le arroja encima y lo consume totalmente levantándose a mayor altura con estos nuevos escombros”.
Y mientras pasan los años,
el viejo cediendo un poco
Simón ya ni le escribía,
Andrés estaba furioso
Bueno, convengamos en que mientras Simón dejó de preocuparse por el rechazo de su padre y siguió adelante con su proyecto de vida, el viejo Andrés seguía firme en su rechazo. Podemos inferir que hubo comunicación inicial mediante cartas entre ambos, y que si bien Andrés, en algún momento comenzó a aceptar un poco la realidad, nunca lo expresó y su hijo dejó de escribirle. Eso, por lo que vemos, lo enfureció. Hasta que un día de verano del año 86 -es decir, tres años antes de la aparición del tema – le llegó la noticia de que Simón había muerto, solo y olvidado en una sala de hospital, sin nadie que lo llorara. Se menciona una “extraña enfermedad” como la causa del deceso. En este momento el mensaje avanza sobre un silencio instrumental muy elocuente.
Eran los tiempos del apogeo del VIH/sida como enfermedad mortal, con especial impacto en homosexuales, prostitutas y drogadictos por las maneras más habituales de contagio. El virus letal había sido identificado entre 1983 y1984, y tuvieron que pasar un poco más de 10 años para que dejara causa de muerte segura gracias a la introducción de una terapia antirretroviral. Por eso, aunque la canción no lo dice, la inferencia intuitiva de la época apunta hacia esa enfermedad. Además, la denominación de “virus de inmunodeficiencia adquirida, VIH” para el agente patógeno es justamente de 1986. En todo caso, en varias entrevistas posteriores, Colón recordó que en los momentos de la canción, lo del sida era un tema tabú y controversial.
Todo esto aparece en la segunda parte versificada de la canción, antes de que retorne el estribillo en coro y se incorporen los últimos enunciados estoicos:
Hay que tener compasión,
basta ya de moraleja
El que esté libre de pecado,
que tire la primera piedra
No es la primera vez que esta invocación a las palabras con que Jesús evitó que lapidaran a una mujer adúltera aparecen en una obra musical. En este caso, más allá de que el ya mencionado Girard identifique en ella el perfecto dominio que tenía el Nazareno de la lógica mimética (bajar la mirada para apaciguar la violencia contagiosa, escribir en el piso para incorporar una pausa frente a los agresores amenazantes, y lanzar el desafió para poner a andar en reversa la imitación), de lo que se trata allí es de la necesidad de abandonar la crítica dañina.
La virtud estoica se centra en la bondad y la compasión. Aceptar y respetar a todos, incluyendo a las personas LGBTQ+, sería visto como virtuoso. Marco Aurelio aconseja vivir de acuerdo con la razón, e insiste -como ya lo había hecho Epicteto- en que la virtud es el camino hacia la felicidad.
“El alma del hombre se afrenta cuando siente aversión a cualquier persona o se comporta hostilmente con intención de dañarla, como es el caso de las naturalezas de los que montan en cólera”, sostiene el emperador en sus Meditaciones.
Y canta Willie Colón:
El que nunca perdona
tiene destino cierto
de vivir amargos recuerdos
en su propio infierno
Recordemos en este instante a Séneca: la dureza del padre y el estigma social no son fortaleza: son errores de juicio, pues la crueldad se origina en las creencias viciosas. La vida es frágil, y juzgarla mal puede causarle un daño irreparable. La canción invita a la aceptación racional: comprender antes que condenar, ayudar antes que excluir…
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