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Por: Valerie Caballero, Mariana Balen, Daniela Lascano y Valentina Villa.

El sol cae de lleno sobre la arena y el viento levanta finas nubes de polvos que se cuelan entre los techos de palma. En la ranchería Washirmana, vía Albania – Uribia en La Guajira, el tiempo parece ir más lento, como si cada sonido estuviera contenido en un círculo invisible. Afuera, el mundo avanza; aquí, todo ocurre hacia adentro.  

Los wayuu son el pueblo indígena más numeroso de Colombia. Según el Censo Nacional de Población y Vivienda de 2018, representan el 20,2% de la población indígena en territorio nacional, con más de 380 mil personas autorreconocidas. Habitan principalmente en la media y alta Guajira, extendiéndose hasta territorio venezolano.  

El pueblo wayuu se organiza en rancherías o caseríos dispersos, pequeños asentamientos unidos por vínculos familiares y clanes maternos que constan de cinco o seis viviendas. El 88,5% de la población wayuu reside en zonas rurales dispersas, lejos de cabeceras municipales.  

Hay momentos en los que el silencio se toma una casa. Nadie explica mucho, pero todos entienden que algo ha cambiado. Una niña acaba de comenzar su primera menstruación.

Al llegar a la adolescencia, muchas mujeres viven su primera menstruación (menarquía). Tradicionalmente es un momento significativo. Para Isore Epiyú, indígena wayuu, marca el inicio de una nueva identidad: una transformación.  

“Ya tu niñez llegó hasta aquí”, era lo que sentía que significaba el encerramiento para ella, marcaba un antes y un después en su vida. 

Isore Epiyú, indígena wayuu autoridad de la ranchería Washirmana

Isore tenía 14 años. Era una mañana cualquiera de mayo del 99, antes de ir al colegio. No dijo nada. Se quedó callada. Más tarde, al regresar a casa, entendió que no podía seguir escondiendo que algo en su cuerpo estaba cambiando y, sin saber cómo nombrarlo, se acercó a su tía y le mostró la tela manchada. No hizo falta explicar nada más.  

Ese mismo día comenzó el encierro.  

Su abuela llegó por ella. La llevó a casa y la aisló durante tres días sin comer. Luego continuó el encerramiento: una semana apartada, alimentándose únicamente con mazamorra (un plato tradicional elaborado a partir de maíz con agua y a veces leche de cabra o vaca) sin azúcar y plantas medicinales. Durante un mes no probó arroz ni carne. “La carne envejece”, le decían.  Las plantas medicinales para “conservar el cuerpo”, otras para evitar el envejecimiento de la piel.   

El encierro no era solo físico. Le hablaban de todo lo que venía: de crecer, de convertirse en mujer, de la maternidad. De una vida que, desde ese momento, debía asumirse de forma distinta.  

“A partir de ahora tu vida se transforma”, le decían sus familiares a Isore, buscando prepararla para el futuro.  

En un espacio cerrado hecho de bahareque, lejos del ruido cotidiano, se transmiten enseñanzas que no están escritas. Cómo comportarse. Qué evitar. Qué significa “cuidarse”.   

En la ranchería, el encierro no es únicamente un acto íntimo ni una práctica aislada: es una forma de enseñar. Allí, donde el mundo exterior queda en pausa, comienza una pedagogía silenciosa que moldea el lugar de una mujer dentro de la cultura wayuu.  

Durante este tiempo, más allá de atravesar un cambio físico, aprenden. El encierro funciona como una escuela paralela, una donde no hay pizarras, pero sí normas, relatos y saberes que se transmiten generación tras generación. Es, en muchos sentidos, el momento en el que se les enseña a ser ese eje de la vida comunitaria wayuu. 

Educar sin renunciar a la tradición

En la cultura wayuu, la mujer no ocupa un lugar secundario. Es el centro de todo. Sobre ella recae la transmisión del linaje, la crianza, la continuidad de las tradiciones. Es la piedra angular que sostiene su cultura, la memoria y la palabra.  

Sin embargo, ese mismo ritual que reafirma su cultura e importancia también abre una grieta frente a otro tipo de aprendizaje: el de la escuela tradicional. “La educación es la mejor herencia que nosotros le podemos dejar a nuestra generación”, dice Rosalinda Flores Palmar, docente de la comunidad, mientras describe un cambio que si bien no ha sido inmediato ha sido inevitable.  

Durante mucho tiempo, la vida de los indígenas wayuu giraba en torno a actividades económicas como el pastoreo, la pesca o la agricultura dependiendo de su ubicación geográfica. El conocimiento se adquiría en los quehaceres del día a día.  

“Ya nosotros no sabemos ni cuando llueve, ya nuestros animales se nos acabaron, de lo que nosotros vivíamos anteriormente. Y hoy en día nos toca educarnos, buscar la salida para que nosotros podamos mejorar nuestras condiciones, para que nosotros podamos sacar adelante a nuestra familia”, explica Rosalinda refiriéndose a como este modelo ya no es suficiente para su sustento. 

En ese contexto, el encierro plantea un desafío concreto: mientras una niña permanece aislada durante una semana o hasta seis meses, el calendario escolar sigue avanzando. Las clases no se detienen.  

Lejos de eliminar esta práctica, las comunidades han buscado formas de integrarla. En Colombia, la llamada etnoeducación ha permitido adaptar los modelos pedagógicos a las realidades culturales de los pueblos indígenas colombianos. En el caso de los indígenas wayuu, eso significa reconocer que el aprendizaje no ocurre únicamente dentro del aula.  

Este enfoque se articula con el Sistema Educativo Indígena Propio (SEIP), una apuesta que busca que los pueblos diseñen y gestionen su educación desde sus propias cosmovisiones, lenguas y formas de conocimiento, sin desligarse completamente de las exigencias del sistema nacional.  

En La Guajira, ese esfuerzo también se ve en iniciativas como el proyecto etnoeducativo Anaa Akuai’pa (bienestar en Wayuunaiki), impulsado por la Nación Wayuu, que propone una educación pensada desde el territorio y para el territorio. Allí, el aprendizaje no se limita a materias tradicionales, sino que incorpora la oralidad, la relación con la naturaleza, los ciclos de la vida y los rituales como parte esencial del proceso formativo.  

Si una niña entra en encierro, su proceso educativo no se interrumpe, se transforma. “Hay que manejarle la educación desde la casa, darle su guía durante ese tiempo”, explica Rosalinda. Al regresar, no solo se le evalúan los contenidos académicos tradicionales, sino también lo aprendido durante el ritual. El encierro, entonces, se incorpora al currículo como una experiencia formativa.  

Esta misma lógica se aplica en otros aspectos de la vida cotidiana. Por ejemplo, si un niño falta a clase por pastorear o sembrar tampoco se queda atrás: se le evalúa a partir de esa experiencia. “¿Cuántos huecos abrió? ¿Cuántas semillas sembró? (…) y el niño me está contando”, explica Rosalinda, “ya en sus respuestas hay matemáticas, ciencias naturales y el conocimiento propio”.  

En la institución educativa Nuevo Amanecer ubicada en la ranchería Nuevo Amanecer imparten materias como Matemáticas, Territorialidad (Ciencias Sociales), Ciencias Naturales, Alijunaiki (español en Wayuunaiki) y Wayuunaiki.  

Cancha multipropósito de la institución etnoeducativa Nuevo Amanecer

Por un lado, el encierro reafirma los valores fundamentales de la cultura wayuu: el respeto por los ciclos de la vida, el papel central de la mujer dentro de su cultura, la transmisión de los saberes ancestrales. Por otro lado, el sistema educativo formal exige continuidad, asistencia, contenidos estandarizados.    

Conservar, cambiar o dejar ir

Las voces que existen alrededor del encierro no son únicas. No son un coro uniforme y mucho menos todas las historias son iguales. Para Isore, como en muchas comunidades wayuu en la actualidad, el ritual sigue vivo, pero su significado se adapta. Entre quienes lo vivieron, quienes no y quienes lo van a heredar, aparecen matices que revelan que esto es mucho más que un ritual de tradición.  

Para algunas mujeres, como Clara, el encierro sigue siendo un pilar importante en la vida de una mujer wayuu a pesar de nunca haberlo vivido en carne propia.  

Ella creció en la ciudad, lejos de la ranchería. Este lugar impuso otras dinámicas, otros tiempos y una relación de distancia con su cultura. No vivió el ritual, no fue aislada, no pasó por la dieta estricta ni por el silencio exterior prolongado. Y, sin embargo, lo defiende fuertemente: “yo digo que el encierro es la parte más fundamental en la vida de una mujer wayuu”. 

Para Clara, ese momento no es simplemente un rito de paso. Es el espacio donde realmente comienza la formación. No durante la infancia, no en la escuela, sino en esa etapa del encerramiento, donde según ella se recibe la formación necesaria para continuar con su vida siendo fiel a su rol dentro de la comunidad.  

Su defensa es debido a su preocupación por la pérdida de identidad que viven los indígenas wayuu en la actualidad. Habla de su hija, Sofía, que al estudiar en un colegio privado en La Guajira dejó de lado muchas de las cosas de su cultura.  

Sofía no quería hablar Wayuunaiki, rechazaba no solo la lengua, sino también el uso de la manta tradicional se alejaba de todo eso que la conectaba con su origen. Clara, al darse cuenta tomó la decisión de sacarla de ese colegio en la ciudad y llevarla a un internado donde pudiera reconectar con su cultura.  

El cambio no fue repentino, fue un proceso. Hoy, Sofía entiende más, viste la manta cuando regresa a la ranchería y, sobre todo, hace preguntas. Pregunta por el encierro, quiere saber qué pasará cuando llegue su momento. Y su mamá no duda en que ella debe pasar por ese proceso: “Claro que sí, a ti te van a encerrar”, responde cada vez que Sofía pregunta por este rito. 

En su visión el encierro si bien no es una imposición es una herencia necesaria. Una forma de asegurar que, en medio de un mundo que cambia, algo permanezca intacto. Sin embargo, desde otra experiencia, más cercana al ritual y a sus efectos, surge una mirada distinta. Isore Epiyú no niega el valor del encierro, pero lo cuestiona desde lo vivido.  

Isore si vivió el encierro, pero lo recuerda como un momento de ruptura. “Fue un momento duro (…) ya no te ven como la niña que eras”, explica.  

El encierro marcó un antes y después. A los 14 años la vida cotidiana para ella se detuvo, dejo atrás el juego, la ligereza y la infancia. Y a partir de allí llegaron otras exigencias: aprender a cocinar, a lavar, a comportarse de acuerdo con lo que se espera de una mujer.  

Esa transición abrupta es una de las tensiones más profundas del ritual. Porque si bien enseña, también impone un ritmo que no siempre es el mismo de los tiempos individuales. De igual forma, Isore reconoce su experiencia como formativa e incluso necesaria en ciertos aspectos. Habla de las enseñanzas de su abuela y del valor de la familia. Isore define el encerramiento como “algo parte de ti que no lo entenderás si no lo vives”. 

Pero cuando piensa en el futuro, en lo que haría con su hija Iwa, su postura cambia. No se niega, pero si dice que por ahora prefiera que ella viva su infancia, sin dejar de lado su identidad.  

A pesar de estas diferencias sobre el encierro, también es firme cuando habla de lo que significa ser wayuu en la actualidad. Habla sobre cómo entre los más jóvenes existe una incomodidad por ser identificados como indígenas, generando rechazo hacia su lengua, la vestimenta, a las prácticas culturales.  

“Muchos hoy en día sienten vergüenza de que le digan que es wayuu”, admite Isore. 

Más allá del encierro, de si se practica o se transforma, también es importante que las nuevas generaciones no pierdan el vínculo con su origen. Por eso insiste en criar a su hija dentro de la comunidad, en enseñarle el idioma, en transmitirle el orgullo por ser indígena. Quiere que Iwa sea capaz de decir “Yo soy wayuu” sin sentir vergüenza o titubear.  

Ambas, desde lugares y experiencias distintas coinciden en una preocupación común: la necesidad de preservar la cultura en un contexto cultural que está empujando a los más jóvenes a dejar de lado sus raíces y más bien homogeneizarse. La escuela, la ciudad, los cambios económicos y climáticos, todos son factores que contribuyen a transformar la vida wayuu.   

Para algunas mujeres wayuu, es una herramienta de formación importante. Para otras, es una práctica que debe de adaptarse. Para otras como Ines, indígena wayuu de 20 años perteneciente a la comunidad Washirmana, es una experiencia que no repetirían y tampoco continuarían con sus hijas.  

Hay quienes valoran la disciplina del encierro, su capacidad de enseñar respeto, autocuidado y responsabilidad. Pero también recuerdan el hambre, el aislamiento, el miedo o la brusca pérdida de la infancia.  

Entre la defensa de la tradición y las voces que piden transformarla, aparece otra dimensión de vital importancia en este rito: el estado físico y emocional de las niñas que atraviesan el encierro. Mientras la cultura busca preservarse, las condiciones del territorio también imponen límites sobre cómo esta experiencia es vivida.

Los límites de la alimentación

Sofía vive en un tránsito constante entre espacios es lo que define su manera de entender lo que significa ser wayuu actualmente. A diferencia de generaciones anteriores, su identidad no se construye en un solo territorio, sino en la intersección de varios.  Es evidente que su experiencia no será idéntica a la de generaciones anteriores, ya que esta atravesada por cambios sociales, educativos y culturales que han transformado la vida en las comunidades.  

Sofía representa una generación que no solo hereda la tradición, sino que la recibe como un diálogo. Sin embargo, entre el valor espiritual y cultural de este rito siguen apareciendo preguntas que atraviesan hoy este proceso: ¿hasta qué punto la tradición puede convivir con la salud física y mental de las niñas?  

En la Guajira, la desnutrición infantil sigue siendo una de las heridas más profundas del territorio, el cuerpo de las niñas wayuu entra al encierro ya debilitado muchas veces desde antes de nacer. Julieta Castilla, especialista en auditoria médica, explica que muchas madres llegan al embarazo con bajo peso y mala alimentación, lo que provoca que los niños nazcan con baja talla y patrones de desnutrición crónica.   

La dimensión del problema sigue siendo alarmante. De acuerdo con los datos del Briefing Humanitario Departamental de Ocha (Oficina de las Naciones Unidas para la Coordinación de Asuntos Humanitarios) para La Guajira (enero-junio 2025), durante el primer semestre del año se identificaron 851 casos de desnutrición infantil aguda moderada y severa en menores de cinco años. Aunque el reporte señala una disminución del 40% frente al mismo período en 2024, la cifra continua por encima de la prevalencia nacional, que fue del 0,15% para ese mismo periodo.   

La situación alimentaria de los hogares también refleja la profundidad de esta crisis. Según la Encuesta Nacional de Calidad de Vida del Dane (2023), La Guajira fue el departamento con mayor prevalencia de inseguridad alimentaria moderada y grave del país: el 50,1% de los hogares reportó dificultades para acceder de manera suficiente y constante a alimentos.   

En este sector de Colombia la falta de agua potable, el abandono estatal, la disminución de la agricultura tradicional y la pobreza extrema hacen que la alimentación diaria, en muchos casos, dependa de pocos productos, principalmente el maíz. 

Ranchería Washirmana, se evidencia el almacenamiento de agua en contenedores

La mazamorra es la base alimenticia durante el proceso del encierro. Sin embargo, desde el punto de vista médico puede representar riesgos cuando se convierte en el único alimento de la dieta. El cuerpo entonces empieza a dar señales de alarma. Primero aparece la deshidratación. La pérdida de electrolitos produce boca seca, piel agrietada, ausencia de lágrima al llorar y agotamiento constante.  

Luego llega la hipoglucemia: el azúcar en sangre cae porque el organismo no recibe las calorías suficientes para mantenerse. Los síntomas son mareos, sudoración, dolores de cabeza, debilidad y desánimo. Anteriormente, los encierros podían tener una duración de hasta seis meses, un año o incluso más, las consecuencias en este período de tiempo pueden volverse crónicas. La producción de glóbulos rojos disminuye y aparece la anemia aguda: palidez, cansancio extremo, dolores frecuentes y dificultad para transportar oxígeno en la sangre.  

La desnutrición no tiene afectaciones únicamente en el peso, también transforma lentamente el funcionamiento interno del cuerpo. El sistema inmunológico comienza a debilitarse, el corazón reduce su capacidad de bombeo y el organismo entra en un modo de supervivencia donde consume músculo y grasa para sobrevivir. “El cuerpo se adapta a ese déficit energético y proteico”, explica la doctora Julieta Castilla. “Hay degradación del músculo, inmunodeficiencia severa y retraso en el crecimiento”. 

Las consecuencias también se ven representadas en el desarrollo cognitivo y emocional. La falta de ciertos nutrientes esenciales como hierro, zinc y vitaminas del complejo B puede generar dificultades de concentración, irritabilidad, lentitud mental y bajo rendimiento escolar.   

María Estelis, autoridad de la comunidad Nuevo Amanecer, vivió el ritual durante cinco días, recuerda el hambre y el cansancio, pero también las enseñanzas que quedaron grabadas para siempre. “Yo me desmayé, yo no como mazamorra sin azúcar. Yo no me comía la mazamorra. Nada. Solamente lo que eran las plantas, yo me tomaba era el agua de las plantas (medicinales) que me daban”, cuenta María Estelis.

Izq. María Estelis Palmar, autoridad de la ranchería Nuevo Amanecer. Der. Rosalinda Flores, docente de la comunidad.

Las plantas ocupan un lugar muy importante en el ritual. Algunas son utilizadas para el baño que se hace antes y después del rito; otras se toman como medicamentos naturales. Según su cultura, estas ayudan a mantener la piel joven, limpiar el cuerpo y fortalecer el espíritu. María Estelis recuerda especialmente la bija roja y otras plantas, que, según su abuela, impedían el envejecimiento prematuro. “Hay wayuus de 60 o 70 años con una piel nítida, pero es por el encierro”, asegura.   

Desde la visión médica occidental, muchos de estos tratamientos no cuentan con estudios científicos que lo respalden. Pero dentro de la cosmovisión wayuu estas plantas son mucho más que simples remedios caseros. Son entidades vivas, portadoras de conocimiento ancestral.

Aunque el valor espiritual de estas prácticas sigue vigente para muchas familias, el encierro también ha tenido que ajustarse a nuevas realidades. La migración hacia las ciudades, la escolarización y las transformaciones en la vida comunitaria han modificado no solo la duración del ritual, sino también la manera en que se vive y se transmite entre generaciones. 

El ritual no puede entenderse como una experiencia uniforme, sino que depende del contexto, la familia y lo que se vive. Antes, dicen, podía durar meses, incluso años. Hoy, en muchos casos, se reduce a días o semanas, en parte porque las niñas están escolarizadas, en parte porque las condiciones de vida no son las mismas.  

Clara lo reconoce cuando habla de lo difícil que es mantener estas prácticas en la ciudad. Estando lejos de la ranchería estos rituales se vuelven más difíciles de ejecutar, más complicados de explicar y más fáciles de abandonar.  

“Cuando uno vive en la ciudad es muy difícil”, admite. Y, sin embargo, es una tradición que quiere continuar con su hija. 

La continuidad de esta práctica no solo depende de quienes ya la atravesaron, sino también de quienes están por vivirla. En esa frontera entre herencia y expectativa crecen niñas que observan, escuchan y empiezan a imaginar cómo será el momento en que sea su turno para vivir el ritual.

Los que vendrán

Entre Clara e Isore el encierro se mueve en un área entre la defensa y la duda. En el caso de Sofía, indígena wayuu de 10 años, ese mismo ritual lo vive desde otra perspectiva: desde la expectativa. No lo ha vivido, pero ya imagina como será.  

Sofía tiene diez años, pronto cumplirá once y sabe que su cuerpo está a punto de cambiar. Lo dice con una naturalidad que mezcla curiosidad y decisión: “me falta un año para desarrollarme”. En su entorno ese futuro no se deja al azar, hay señales que deben ser interpretadas.  

Una de esas ocurrió cuando su madre soñó con una planta. No fue un sueño cualquiera ya que, en la lógica espiritual wayuu, los sueños no son imágenes pasajeras sino mensajes que deben interpretarse. Fue a partir de ese sueño, que su mamá identificó una planta específica, la misma que usarían para prepararla.  

“Mi mamá soñó…y mi abuela dijo que sí, esa era la planta para hacerme el baño”, cuenta Sofía.  

Ese baño no es el encierro en sí, si no un proceso que es una antesala a el encierro, donde a las Majajüt (señoritas wayuu), se les realiza un baño con plantas sagradas para purificar y preparar a la joven para la vida adulta. Para Sofía esto no fue más que un ensayo del ritual, pensado para que cuando el momento llegue no la tome por sorpresa.  

“Para que no me dé miedo el día que yo me desarrolle”, explica. 

Sofía en la ranchería Nuevo Amanecer, vistiendo la manta wayuu tradicional.

En este gesto hay mucho más que preparación, demuestra como la vida wayuu se vive a través de relatos, en las advertencias, en los sueños que orientan decisiones. Es una preparación que no siempre es explícita, pero que se va filtrando en la vida de los niños. En la sociedad wayuu el baño también es un ritual que se usa de forma frecuente como mecanismo de control de la desobediencia en niños, dentro de la comunidad el castigo a la desobediencia viene en forma de privar a los niños de aquello que les gusta (la comida) y realizarse un baño para ayudarlos a despertar de este mal comportamiento. 

Para Sofía, estas prácticas aparecen todavía como fragmentos de una historia que apenas comienza a vivir y comprender. Detrás de los baños, los sueños y las advertencias familiares existe una forma mucho más amplia de entender el mundo. Lo que para algunos puede pasar como superstición, dentro de la cosmovisión wayuu responde a una lógica espiritual.

Isore explica que la espiritualidad nace del vientre materno. Algunas personas reciben dones especiales: sueños reveladores, capacidades de sanación o conexiones profundas con los espíritus. “Los sueños son sagrados (…) Previenen cosas que vienen”.  

En su relato, la noche adquiere un significado distinto. Para los wayuu, la oscuridad no representa necesariamente miedo. Es el momento en el que el espíritu sale del cuerpo y vaga por otros lugares. También los colores cambian de sentido. Mientras que, en muchas culturas, el blanco simboliza pureza, para los wayuu puede representar enfermedad. “Los espíritus se ven vestidos de blanco”, afirma.

Estos conceptos de espiritualidad atraviesan incluso la comprensión de la enfermedad. Isore cuenta que mientras algunos casos son interpretados por la medicina occidental como desnutrición, dentro de la cosmovisión wayuu son entendidos como desequilibrios espirituales provocados por energías, animales o aguas contaminadas. Para sanarlos, se utilizan plantas medicinales y los conocimientos transmitidos de generación en generación. 

Aunque estas creencias siguen presentes, no siempre se viven de la misma manera. Las nuevas generaciones crecen atravesadas por otros espacios, otras instituciones y otras formas de entender el mundo.

Sofía crece en medio de dos mundos. Por un lado, la ranchería donde la cultura se vive como experiencia directa: el idioma, las prácticas la cercanía con la familia. Por otro la escuela, los uniforme, los actos cívicos, las dinámicas propias de un sistema educativo que responde a lógicas distintas.  

Ella misma lo describe cuando habla de su vestimenta escolar. En el colegio usa una manta blanca, acompañada de waireñas (especie de zapatos cerrados o abiertos de acuerdo con el gusto del wayuu, característicos por su tejido y su base que es de un material tipo caucho de llanta) azules, como parte de un uniforme que mezcla elementos tradicionales con códigos institucionales. 

La vida de Sofía se mueve en la frontera entre lo heredado y lo aprendido, lo que permanece y lo que de forma inevitable cambia. Una tensión que le pertenece a toda una generación.

El sol se empieza a esconder sobre La Guajira y la arena deja de arder. Poco a poco, el viento enfría las paredes de yotojoro (madera del corazón del cactus yosú), las voces se atenúan y las sombras se alargan sobre la ranchería. Hablan mientras realizan los quehaceres para terminar el día. Las palabras cambian de generación en generación, conversaciones que se mantienen entre wayuunaiki y español, pero una pregunta que se mantiene intacta entre todas: ¿qué significa seguir siendo wayuu en un mundo que no deja de transformarse? 

Ranchería Nuevo Amanecer

No hay una respuesta concreta en ninguna parte, no está en los ritos tradicionales, tampoco en la escuela, ni en el uso de las mantas o el idioma. Está más bien presente en esa tensión constante entre conservar y cambiar para adaptarse. Entre lo que se hereda de mamá y lo que se modifica para sobrevivir. 

El encierro, tal y como lo conocieron las abuelas, ya no existe de la misma manera. Los meses se ha reducido, algunas niñas necesitan regresar rápido a clases. Otras ya ni siquiera pasan por el ritual. Muchas familias que viven ciudades donde resulta difícil sostener practicas pensadas para una vida dentro de la ranchería. Y no solo eso, el clima cambió, la economía cambió, la relación con el territorio también y aun así algunas cosas persisten.  

Persisten personas como Clara que defienden un lugar a pesar de no haberlo vivido en carne propia, porque teme que su hija crezca lejos de aquellos que la conecta con su origen. Persiste Isore, que cuestiona un poco el dolor de aquella experiencia y que quiere enseñar a Iwa a sentirse orgullosa de ser wayuu. Persiste Sofía, quién todavía no lo vive, pero desde ya ve su futuro a través de las palabras de su mamá y su abuela.  

En la Guajira, donde tantas veces el abandono obliga a elegir entre lo urgente y lo posible, la cultura también entra en un proceso de adaptación. Las niñas wayuu crecen atravesando por dos sistemas que a veces chocan y otras veces intentan convivir. Aprenden matemáticas en un salón de clases, pero también conocimientos espirituales de voz a voz. Usan un uniforme escolar que convive con su vestimenta tradicional. Ninguna realidad cancela por completo la otra.  

Hay pérdidas inevitables. Lenguas que se dejan de lado y ya no se hablan con la misma fluidez. Niños que sienten vergüenza de reconocer que son indígenas. Rituales que se acortan o desaparecen. Formas de habitar el territorio y ganarse la vida que ya no se pueden sostener de la misma manera en medio de los cambios climáticos, y el desplazamiento. Pero también hay transformaciones que nacen del intento de permanecer, dialogando con otras formas de cotidianidad. Adaptar el encierro al calendario escolar, enseñar wayuunaiki y alijunaiki en un aula de clase. Convertir la educación formal en una herramienta para defender, y no borrar, la identidad propia.  

La cultura wayuu no aparece como una pieza detenida en el tiempo, se mueve, se transforma, se contradice, se reorganiza y continúa viva. 

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