Por: Helmut Hasselbrinck
En 1949, George Orwell publicó una de las novelas más influyentes del siglo XX: 1984. Lo que en su momento parecía una advertencia extrema, hoy se lee con una inquietante sensación de familiaridad. La historia se sitúa en Oceanía, una sociedad distópica dominada por un régimen totalitario encabezado por el omnipresente “Gran Hermano”. En este mundo, la libertad no está oficialmente prohibida, pero ejercerla tiene consecuencias brutales. Como lo expresa su protagonista, Winston Smith, no es que pensar o hablar esté prohibido: es que, si lo haces, te fusilan.
Cansado de la opresión del Partido, Winston intenta rebelarse contra ese sistema asfixiante que vigila, controla y reescribe la realidad misma. Sin embargo, su intento fracasa. Es capturado, torturado y finalmente quebrado hasta convertirse en aquello que odiaba. Más de setenta años después, 1984 no solo sigue siendo una obra maestra —un sólido 10/10— sino también una advertencia que parece cobrar cada vez más sentido. Orwell no predijo el futuro con exactitud, pero sí entendió algo fundamental y es que el poder no solo busca controlar lo que hacemos, sino también lo que pensamos y, sobre todo, lo que creemos que es verdad.
EL MUNDO ACTUAL
No es que antes no existiera la hipocresía. Es que ahora no tenemos excusa para no verla y aun así, muchas veces elegimos ignorarla. Y esa elección no siempre es consciente. No se trata solo de cerrar los ojos, sino de algo más sutil que es acostumbrarse. La sobreexposición convierte lo extraordinario en cotidiano. Lo que antes habría sido un escándalo hoy compite con cientos de escándalos más. La indignación se vuelve breve, casi automática, y rápidamente reemplazada por la siguiente noticia.
En ese contexto, la información deja de ser una herramienta de transformación y se convierte en ruido. Sabemos que hay guerras injustificadas, corrupción, abuso de poder, manipulación mediática pero ese conocimiento rara vez se traduce en comprensión profunda o en acción. Es un saber superficial, fragmentado, que no incomoda lo suficiente como para obligarnos a cambiar algo. Ahí es donde la lógica se acerca peligrosamente a la de 1984 de George Orwell. No porque vivamos exactamente en un régimen totalitario, sino porque el efecto final puede ser similar, la normalización de lo contradictorio.

Ya no hace falta imponer consignas absurdas por la fuerza; basta con repetir, saturar y distraer hasta que las contradicciones pierdan peso. La gente no es simplemente engañada. Muchas veces participa activamente en esa dinámica, elige qué creer, qué ignorar y qué justificar, en función de su identidad, sus emociones o su conveniencia. Por eso las hipocresías no debilitan necesariamente a los líderes; a veces ni siquiera importan. Y tal vez esa sea la verdadera paradoja de nuestro tiempo, no vivimos en la ignorancia, la elegimos.
CONDENADOS
Ser un humano implica sufrir, ya sea a gran escala o en los pequeños errores cotidianos. Cuando estoy estresado por la universidad, por algo personal, o simplemente caigo en un estado cercano o de completa depresión, no puedo evitar sentirme alienado. Pero lo peor no es el problema en sí, sino ese vacío extraño, esa rabia contenida que no se deja nombrar del todo. Y entonces aparece la pregunta inevitable: ¿qué hago con este sentimiento? ¿Cómo se apaga algo que ni siquiera entiendo? La respuesta, casi automática, es simple: scrollear.
El doomscrolling se ha convertido en una especie de anestesia moderna. Una forma en la que el cerebro recibe estímulos constantes para desconectar, para no enfrentarse a lo que siente. Consumimos información sin parar (videos, noticias, memes, opiniones) pero nada se queda. No hay reflexión, no hay profundidad, solo una sucesión infinita de contenido que ocupa el espacio justo para que no tengamos que pensar.
Y para probarlo, basta una pregunta ¿cuáles fueron los últimos tres videos que viste en TikTok? ¿O los últimos dos reels en Instagram? ¿Te acuerdas? Yo tampoco. Ese es el punto. No es consumo, es evasión. No es información, es ruido. Y en medio de todo ese ruido, el vacío no desaparece, solo se pospone.
EL NIHILISMO
El filósofo Byung-Chul Han describe nuestra época como profundamente nihilista, pero no en el sentido clásico planteado por Friedrich Nietzsche. Para Nietzsche, el nihilismo surge tras la “muerte de Dios”: la caída de los valores tradicionales —religión, moral, metafísica— que antes daban sentido a la existencia.

Han, en cambio, plantea algo distinto y, quizá, más inquietante: no vivimos en una ausencia de valores, sino en un exceso de todo. Exceso de información, de estímulos, de datos, de opiniones. Nunca antes habíamos tenido tanto acceso a la verdad y, sin embargo, rara vez nos interesa. El problema ya no es la ignorancia. Es la indiferencia. Vivimos rodeados de información, pero no la usamos. Consumimos contenido de forma constante, pero sin procesarlo realmente. La sobreabundancia no nos ha hecho más conscientes, sino más apáticos. En ese sentido, el nihilismo contemporáneo no consiste en no tener respuestas, sino en no quererlas. Tenemos tanta libertad para informarnos, opinar, cuestionar, que muchas veces preferimos no hacerlo. Porque buscar la verdad implica incomodarse, romper con nuestras propias creencias, incluso destruir la imagen que tenemos de nosotros mismos. Y eso es algo que, en el fondo, evitamos.
PORNOGRAFIA DIGITAL
En este punto, incluso fenómenos como la pornografía ayudan a entender mejor el problema. No solo por su consumo masivo, sino por lo que representa: una forma de satisfacción inmediata, accesible, constante y sin esfuerzo, que reemplaza la experiencia real por una simulación cómoda. No es casualidad que se haya normalizado tanto. En una sociedad marcada por el exceso, la pornografía encaja perfectamente: ofrece dopamina rápida sin compromiso, sin conflicto, sin incomodidad. Exactamente lo mismo que buscamos cuando hacemos doomscrolling.
Desde la mitología griega hasta tragedias como la de Edipo escrita por Sófocles, las culturas antiguas ya exploraban deseos prohibidos, tensiones familiares y lo más incómodo del ser humano. Pero no lo hacían para complacer, sino para confrontar: eran historias que obligaban a pensar en el destino, la culpa y los límites de la condición humana. Incluso Sigmund Freud retomó estas narrativas para formular el complejo de Edipo, mostrando que estos impulsos no eran aberraciones aisladas, sino parte de una estructura psicológica que debía entenderse y superarse.
Hoy, esas mismas tensiones aparecen en categorías populares del porno, pero vaciadas de todo significado simbólico y convertidas en producto. Las búsquedas más populares son step mother, step sister, o Milf. Lo que antes era reflexión ahora es consumo. Lo prohibido ya no incomoda, sino que excita. Ya no invita a pensar, se repite hasta volverse trivial. Estoy hablando de dos tipos de pornografia, la clásica y ahora la digital. En esta, el punto va más allá del contenido explícito. Gran parte de lo que consumimos hoy funciona bajo esa misma lógica. Videos cortos, entretenimiento constante, imágenes diseñadas para captar atención inmediata todo orientado a mantenernos en una zona de confort donde no tengamos
que enfrentarnos ni a nosotros mismos ni a la realidad. En ese sentido, lo “pornográfico” no es solo lo sexual, sino cualquier contenido que reduce la experiencia a consumo rápido, superficial y desechable. Una forma de mirar sin involucrarse, de sentir sin profundidad, de pasar el tiempo sin recordar nada. Y ahí vuelve a aparecer la conexión con 1984.
No porque alguien nos obligue a consumir, sino porque encontramos en ese consumo una forma efectiva de olvidar. Olvidar lo que pasa en el mundo real, pero también —y quizás más importante— no olvidar lo que pasa dentro de nosotros.
“La Guerra es paz, la libertad es esclavitud, la ignorancia es la fuerza”.
En 1984 hay una serie de consignas que resumen perfectamente la lógica del poder: “La guerra es paz. La libertad es esclavitud. La ignorancia es la fuerza.” Son frases impuestas por el Partido, diseñadas para parecer absurdas y, al mismo tiempo, volverse incuestionables
mediante la repetición. A primera vista suenan ridículas. Pero cuando se miran con más calma, la distancia con la realidad no es tan grande.
La política contemporánea está llena de contradicciones similares. Líderes como Donald Trump construyeron parte de su discurso minimizando conflictos o prometiendo evitar guerras, mientras al mismo tiempo defendían políticas agresivas o intervenciones militares. No es un fenómeno exclusivo de una persona: en Estados Unidos, históricamente, los costos de la guerra han recaído desproporcionadamente en jóvenes de sectores más vulnerables, mientras el discurso público intenta justificar esas decisiones como necesarias o incluso patrióticas. Son cosas que se saben.

Por otro lado, figuras como Nayib Bukele han concentrado poder bajo una narrativa de orden y salvación incluso él diciendo que es el elegido de Dios. Sus seguidores lo ven como un líder casi providencial, mientras críticos señalan tendencias autoritarias, presión sobre medios y
debilitamiento institucional.
Y en Colombia, el caso de Gustavo Petro muestra otra cara del mismo fenómeno que es la polarización como forma de hacer política. Petro es, sin duda, una de las figuras más divisivas del país. Para muchos representa un cambio histórico, casi redentor; para otros, un riesgo constante. Su discurso suele apoyarse en una confrontación permanente con “la derecha” siempre usándola como un enemigo histórico para justificarse, planteando los
problemas del país como parte de una lucha política que nunca termina.
Para no seguir dando ejemplos (que podría dar muchos mas), lo realmente inquietante es que, incluso cuando las contradicciones y las hipocresías de ciertos líderes son evidentes, una parte de la población no solo las tolera, sino que las justifica o las reinterpreta hasta convertirlas en virtudes. En lugar de debilitar su imagen, esas incoherencias se diluyen en el discurso, se normalizan, y terminan reforzando la idea de que se trata de figuras trascendentales, casi indispensables. No es solo ignorancia, sino una mezcla de lealtad, identidad política y repetición constante, que hace que lo absurdo deje de parecerlo.
Porque hoy, aunque existe la libertad de opinar, el debate público muchas veces se reduce a etiquetas. O eres un “progre resentido” o un “facho privilegiado”. No hay espacio para matices, solo bandos.
En 1984, el poder no solo controla el presente, también controla el pasado. Si el gobierno dice que algo ocurrió, ocurrió. Y si dice que nunca pasó, desaparece. No porque sea verdad, sino porque no queda nadie con autoridad suficiente para contradecirlo. En el mundo real no estamos en ese nivel extremo (todavía), pero eso no significa que la historia que nos enseñan sea neutral o completa. Existe documentación, sí, pero también existe selección, enfoque y narrativa. La historia no siempre se inventa pero muchas veces se edita.
En el colegio, por ejemplo, te enseñan que Cristóbal Colón “descubrió América”, como si antes de 1492 hubiera un vacío. Luego uno investiga un poco y se cae el cuento: Colón murió creyendo que había llegado a Asia, el continente ya estaba habitado por millones de personas, y lo que vino después no fue un “encuentro de culturas”, sino un proceso brutal de conquista, imposición religiosa y explotación.
Y algo parecido pasa con Simón Bolívar. En el colegio lo convierten en una especie de figura casi mítica: valiente, visionario, libertador absoluto. Una estatua más que un ser humano. Pero cuando rascas un poco, aparece una figura mucho más compleja —y mucho más interesante. Bolívar fue clave en la independencia, sí, pero no actuó solo ni desde la nada. Tenía recursos, apoyo de élites criollas y un ejército enorme detrás. También tomó decisiones
autoritarias, concentró poder y llegó a decepcionarse profundamente de los proyectos democráticos que en teoría defendía.
Evitar lo inevitable: Karl Marx
¿Por qué en el colegio rara vez te enseñan a Marx siendo uno de los pensadores centrales de la modernidad, si su influencia atraviesa la política, la economía y hasta los derechos laborales actuales?
No quieren que cuestiones el sistema. Marx es incómodo. No habla de moral individual ni de “ser buena persona”. Habla de estructuras, de cómo funciona el capitalismo, de quién produce la riqueza y quién la acumula. Cuando introduces eso en un salón, la conversación deja de ser abstracta y empieza a tocar el mundo real. Salarios, propiedad, desigualdad. Y ahí ya no estás enseñando historia sino que estás abriendo preguntas que no tienen respuestas fáciles ni neutrales. Es denso, técnico, contradictorio. Entenderlo implica meterse con conceptos como plusvalía, lucha de clases, materialismo histórico. Eso exige tiempo y el sistema educativo rara vez lo tiene.

Además durante décadas su nombre quedó pegado a procesos como la Revolución Rusa o a Estados como la Unión Soviética. Entonces, en lugar de estudiarlo como pensador, se lo trata como antecedente de un modelo político polémico. Resultado: se evita profundizar para no
“meterse en problemas”. Y sin embargo, la paradoja es clara: muchas de las cosas que hoy se consideran normales (jornadas laborales limitadas, derechos del trabajador, sindicatos) no se entienden sin el tipo de análisis que Marx puso sobre la mesa.
Y ahí es donde las consignas de 1984 dejan de parecer tan lejanas. No porque vivamos exactamente en ese mundo, sino porque hemos normalizado convivir con contradicciones sin cuestionarlas. Aceptamos narrativas opuestas, simplificamos la realidad y, en muchos casos, preferimos no profundizar. “La ignorancia es la fuerza” deja de ser una imposición y empieza a parecer una elección.
No porque vivamos exactamente en ese mundo, sino porque hemos normalizado convivir con contradicciones sin cuestionarlas. Aceptamos narrativas opuestas, simplificamos la realidad y, en muchos casos, preferimos no profundizar. “La ignorancia es la fuerza” deja de ser una imposición y empieza a parecer una elección.
CONCLUSIÓN
Al final, no vivimos en 1984 pero tampoco estamos tan lejos como nos gustaría creer. No hay un Partido que nos obligue a no pensar, ni una figura omnipresente como el Gran Hermano vigilando cada uno de nuestros movimientos. Tenemos libertad, acceso a información, la capacidad de cuestionar. Y, sin embargo, rara vez llevamos esa libertad hasta sus últimas consecuencias. Porque el problema ya no es la represión, sino la indiferencia. No es que no sepamos, es que no queremos saber. No es que no podamos pensar, es que preferimos no hacerlo.
Vivimos en una época de exceso: de información, de estímulos, de entretenimiento. Un mundo donde el vacío se tapa con distracciones, donde la incomodidad se evita con consumo rápido y vacío, donde la realidad se sustituye por versiones más digeribles. Y en medio de todo eso, la verdad pierde peso, no porque haya desaparecido, sino porque deja de importarnos lo suficiente. Las consignas de 1984 ya no necesitan imponerse por la fuerza sino que se camuflan en nuestra forma de vivir. La ignorancia se elige y la contradicción se normaliza.
Y quizás ahí está lo más inquietante. Que el mayor logro del control no sea obligarnos a dejar de pensar sino a hacer que poco a poco dejemos de hacerlo.
Si Orwell pudiera ver el mundo actual, tal vez no le daría más miedo su propia ficción, sino esta realidad. Un mundo donde la gente no necesita ser obligada a callar, porque está demasiado distraída para hacerlo. Donde la verdad no está oculta, sino enterrada bajo capas
de ruido, entretenimiento y exceso de información. Donde la libertad existe pero no parece ausente.
Quizás eso sería lo verdaderamente inquietante para él, no una sociedad donde pensar está prohibido, sino una donde pensar es posible y aun así, deja de importar