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Por: Laura Moncayo

Mientras que en Occidente algunas mujeres están dispuestas a renunciar a su derecho al voto, en Oriente Medio luchan diariamente por reivindicar derechos básicos como la educación.

El movimiento conocido como ¨Trad-Wife¨ (Traditional Wife) surge como una idealización de los roles de género tradicionales, promoviendo la idea de la mujer dedicada exclusivamente al hogar, la obediencia y sumisión como realización personal. Defiende una esfera política liderada por hombres y, amplificado por redes sociales, romantizan dinámicas históricamente desiguales utilizando a Dios como justificación.

Sumisión femenina

Esta postura se sostiene en una interpretación religiosa: la idea de que Dios asignó roles específicos para hombres y mujeres. Bajo ese argumento, se insiste en que la fe, el matrimonio y la maternidad constituyen el verdadero propósito para las mujeres.

¿Dónde habíamos visto esto antes? En Medio Oriente.

Religiones diferentes, mismo pensamiento. Dios y Allah.

En Medio Oriente, este tipo de ideas se convirtieron en normas impuestas que limitaron totalmente la autonomía de la mujer: como vestir, con quien casarse, cuando y con quien salir de casa, no poder estudiar o trabajar. Todo bajo un sistema que decide por ellas en nombre de “Allah”.

Este mismo patrón está resurgiendo en Occidente, disfrazado como ¨elección¨.

Pero… ¿y si no lo es?

Mujer afgana con su esposo.

Hay una frase que utilizaban las sufragistas colombianas: “Compañera y no sierva”. Este lema, utilizado por Gloria Rodríguez en el titular de su columna sobre el IV Congreso Internacional Femenino en Bogotá, acompañó luchas que llevaron a la aprobación de la Ley 28 de 1932 y siguió vigente hasta que se consolidó el derecho al voto femenino en Colombia.

Esta idea no contradice a la religión. De hecho, aparece inicialmente como; “Compañera te doy, no sierva: ámala como Cristo ama a su Iglesia”. Aparece en el Ritual del Matrimonio de la Iglesia Católica, es un discurso al hombre para que ame desde la igualdad y no desde la dominación.

Incluso dentro del Islam existen principios de reciprocidad; “Ellas son vestiduras para vosotros, y vosotros sois vestiduras para ellas.” (Corán 2:187), como metáfora de intimidad y cuidado mutuo. También dice que el vínculo conyugal debe basarse en “el amor y la misericordia” (30:21), no en la subordinación.

El problema, entonces, no es la ausencia de discursos de igualdad. Es quién los interpreta y para qué. No es casual qué versículos o frases se repiten y cuáles se silencian. Las interpretaciones responden a estructuras de poder que deciden qué significa Dios y a quién le conviene. Nunca se trató solo de fe. Se trata de poder.

En esta misma línea, Simone de Beauvoir expone; “La humanidad es masculina y el hombre define a la mujer no en sí misma, sino con relación a él, no la considera como un ser autónomo”, el problema no solo es la existencia de roles diferenciados, sino quién los define y desde dónde. Cuando el hombre se construye como medida de lo humano, la mujer queda relegada a el segundo sexo. Es ahí cuando la subordinación se vuelve imposición para luego mutar a un “orden legítimo”.

El segundo sexo, Simone De Beauvoir.

En La campana de cristal de Sylvia Plath, la protagonista, imagina su vida dentro del matrimonio como una rutina monótona centrada en cocinar, limpiar y atender a su esposo, mientras que sus aspiraciones son minimizadas.

No todas las mujeres soñamos con lo mismo, y eso está bien. Habrá quienes encuentren su vocación en la maternidad, otras en su profesión o en múltiples caminos. Ninguna elección hace a una mujer más valiosa que otra. El problema nunca ha sido elegir el hogar, el problema es no poder elegir nada más. Reducir el papel de mujer a esposa o madre. Es importante que cada mujer pueda responder con consciencia sobre que quiere para su vida.

La campana de cristal, Sylvia Plath.

Sin embargo, la resistencia existe.

Frases como el Jin, Jîyan, Azadî que traduce: Mujer, Vida, Libertad, nació a finales del siglo XX dentro del movimiento de mujeres kurdas, una red que lucha contra la persecución estatal en Turquía, Irán, Irak y Siria. Se convirtió en la filosofía de Rojava (administración autónoma del norte y este de Siria), donde las milicias de las YPJ (Unidades Femeninas de Protección) lo adoptaron en su lucha contra el Estado Islámico. En Afganistán, han protestado contra la imposición del burka y la prohibición de estudiar y trabajar, enfrentándose a la represión estatal.

Resulta preocupante que, después de décadas de lucha y evidencia sobre lo que ocurre cuando estos modelos se imponen, donde las mujeres han perdido el derecho a hablar, hoy haya mujeres en Occidente promoviendo la sumisión y quieran moldearlo llamándolo “tradición” o “elección”.

Moldearlo no cambia su esencia. Esta historia ya se ha contado antes y sabemos cómo termina cuando este tipo de “ideas” dejan de ser una opción y se convierten en obligación.

Mujer cocinando y cuidando de sus hijos, no esposo a la vista.
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